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El Cabanyal y los hijos de un mar difícil noviembre 5, 2008

Posted by borjacoqui in Artículos.
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El Cabanyal es un genuino hijo de la mar. El mar no sólo le rodea sino que le penetra. Ya desde su nacimiento su piel es salobre y su relación con el mar es como la de hijo y hermano. Su carácter más genuino, su lenguaje y sus costumbres están penetrados y condicionados por ese mar cercano, blando y tumultuoso, fecundo y agresivo.

Primeras alusiones al Cabanyal y la pesca del bou

Los primeros pobladores del Cabanyal vivían junto a las murallas del Grau. Gente dispuesta a todo: a buscar trabajo de ocasión, a pescar con artes rudimentarias o a embarcarse en cualquier aventura. A ese Cabanyal lo vemos nombrado por primera vez el 4 de junio de 1422, a propósito de la construcción de un puente, situado “en lo cami que va al Cabanyal”, probablemente sobre la acequia del Rihuet.

La segunda alusión al Cabanyal se hace a propósito de las reglamentaciones establecidas por el Guardia del Grau, dependiente de la máxima autoridad de Valencia. El Justicia no debía entrometerse en las cuestiones de la playa del Grau, ni de las mercancías, ni en las barcas ni en lo que afecte a los pescadores del Cabanyal

Sobreviviendo a su aire, el auténtico impulso de nuestros pescadores lo proporcionó la pesca del bou. En el manuscrito de Güell ya consta que el año 1726 la practican los del Grau de Valencia no con ganguiles sino con dos barcos de pescar. En realidad, esta pesca anticipa ya la era preindustrial.

Los pescadores del bou, además de pescar, debían ponerse al servicio de la Armada real que debía sostener un inmenso imperio ultramarino.  Patiño y Ensenada, ministros de Felipe V, debieron atender al reclutamiento de la marinería estableciendo la matrícula de mar, es decir, un sistema de enrolamiento obligatorio, que exigía a la gente de mar la prestación del servicio naval en los barcos o en los arsenales, a cambio del monopolio del ejercicio de las actividades productivas relacionadas con el mar. Esa Ordenanza reglamentaba los derechos y deberes de los matriculados a cambio de su disponibilidad hasta el servicio hasta los 60 años. El matriculado era simplemente un soldado en la reserva, al servicio de los reales bajeles, que en su tiempo libre se dedicaba a la pesca.

¿Quién mejor preparado que un pescador para tripular los barcos de guerra?  Pero había un inconveniente: como la pesca del bou era tan efectiva no hacían falta demasiados pescadores para pescar todo lo que la ciudad necesitaba. De modo que muchos pescadores se quedaban en el paro y así la Armada no podía contar con tantos pescadores debidamente preparados para enrolarse en los bajeles reales.

Por eso se limitaba la pesca del bou, reglamentando las épocas en que se podía pescar, el tamaño de las mallas, etc.

El caso es que insensiblemente se va urbanizando toda la zona al norte del Grao, llegando a formarse algo parecido a un poblado agrupado en tres bloques, determinados por el curso de las acequias, que formaban el límite natural entre ellos: 1.- De Francisco Cubells (Riuet y Paseo de Colón) hasta la acequia d’en Gasch, Canyamelar. 2.- Desde esta acequia (av. Mediterráneo o también calle del Gobernador Moreno) hasta el Camino del Cabanyal (Pintor Ferrandis y acequia de los Ángeles o de Pixavaques), Cabanyal propiamente dicho), y 3.- De Pixavaques a la acequia de la Cadena, límite con Malva-rosa, el Cap de França.

Aclaremos que esa zona se llama Cap de França porque, al estar más hacia el Norte se vino a afianzar la costumbre de identifi­carla como la que estaba hacia Francia. Esta denominación se encuentra ya documentada al menos en 1806 aunque la zona fue la última en edificarse, pues el asentamiento de la pobla­ción avanzaba desde el Grao hasta la Malva-rosa.    Es aquí donde se produce el pavoroso

Incendio de las barracas en 1796

Esta zona ya estaba habitada pero de un modo desordenado, con escasa  reglamentación y con un plan urbanístico muy rudimentario. Sus habitantes se alojaban en viviendas que, más que barracas, podrían considerarse chamizos. A esa fragilidad le bastaba la pequeña chispa escapada de un fogón para transmitir el fuego a todas las barracas en las que predominaba la paja.

El 21 de febrero de 1796 soplaba tramontana, como parecen indicar la dirección y la intensidad de las llamas en el grabado que un improvisado y anónimo artista dibujó ese mismo día.

Los damnificados tuvieron que reemprender otra vez todos los trámites para conseguir una nueva vivienda en el solar de la que había quedado reducida a pavesas. Se conserva, por ejemplo, la instan­cia dirigida a la Baylia por el patrón Francisco Chofré, en la que explica que, además de la barraca, en el incendio fue consumida la escritura, de la que pide copia. Otras, que no fueron devastadas, tuvieron sin embargo que ser derruidas para hacer el papel de cortafuegos. Aunque no se quemó, después del incendio sólo quedó “el solar, con algunos vestigios de barraca”.

A raíz de este incendió las autoridades decidieron establecer algunas normas urbanísticas y constructivas. De entrada se suspende la licencia de obras a la espera de demarcar con más claridad las líneas de las calles, además de aprovechar para clarificar las escrituras de propiedad. Al Estado le corría cierta prisa, pues mientras no se edificara la zona no podría cobrar alquileres, pues como el terreno era suyo cobraba un canon de todas las viviendas.

Ahora se trataba de edificar casas de obra sólida y hacerlo de acuerdo a una línea trazada por los arquitectos del Real Patrimonio. En el proyecto intervinieron Vicente Gascó, el mismo arquitecto que proyectó el Camino del Grao o Avenida del Puerto, y Juan Bautista Lacorte.

Pero las condiciones sociológicas de los pescadores no permitieron aplicar a rajatabla estas normas, pues en varias ocasiones se consideró que “el suplicante” no tenía suficientes medios para edificar una casa, y se permitían excep­ciones. A mucha gente se le conceden 30 por 40 palmos para edificar, con la obligación de que su barraca guarde la línea, evitando así perjuicios y “hermoseando el aspecto público”. Sin embargo, no se les obliga a edificar con ladrillos, pues “sus posibles no alcanzan para obrar de material sólido”. Otra de las condiciones que les ponían era que no formaran “rellano” delante de la barraca, ni criaran “piteras u otra maleza que impida el transito y afee el aspecto público”.

Los intentos por racionalizar la construcción y el paisaje urbanístico del Cabanyal se redujeron prácticamente a requerir una licencia para reparar las barracas ya existentes, gravando progresivamente cada una de las tres primeras intervenciones. Hasta cien años más tarde se mantuvo el conflicto entre las dos ideas: por un lado, los partidarios de no permitir que las barracas se reparasen, pues si así se hacía iba a perdurar un sistema arquitectónico ya muy periclitado y, por otro lado, permitir simplemente su reparación, pues sustituir una barraca por una alquería era demasiado costoso para los bolsillos de los pescadores.

El caso es que las barracas que se siguieron construyendo tenían todos los números para sufrir el pavoroso incendio de mayo de 1875, como veremos.

La sorpresa de la nueva tierra

Junto con el incendio, otro fenómeno altera la vida del Cabanyal: casi de repente, el pueblo empieza a crecer. Pero no sólo en número de viviendas o de habitantes, sino en extensión real y física. En el Cabanyal, se empieza a ganar terreno al mar de una manera inopinada. A medida que avanza la construcción del muelle del puerto, iniciado en 1792, el mar se aleja cada día un poquito y en su lugar va naciendo una nueva tierra. En la costa de Valencia, el oleaje va de Norte a Sur, y arrastra los fondos marinos hacia Cullera, hasta que unos oleajes de signo contrario restablecen el equilibrio. Pero a este proceso se le opuso un muro de contención artificial: el muelle consti­tuía un freno para las arenas, que al chocar con él iban sedimen­tando lentamente. Todo este aterramiento fue elevando insensible­mente el nivel básico del terreno, y el agua que inundaba el Cabanyal durante los temporales y que prácticamente ya no le abandonaba durante el resto de la temporada, formando unos “balsots” algo pestilentes, iba siendo contenida por las arenas, y la franja costera cada día estaba más seca. Ante los sorprendi­dos ojos de los pescadores, se extendía una playa cada día más espaciosa, y que les proporcionó interesantes posibilidades.

La idea más obvia era aprovechar el terreno para edificar, y así lo entiende el Real Patrimonio, fiel al principio de que las tierras ganadas al mar pasaban a ser propiedad de la Corona. En unos diez años, ya se advierte la posibilidad de edificar una nueva línea de casas. El patrón Carlos Llorens presenta una instancia el 11 de junio de 1803, solicitando un solar, pues “en la partida del Cabañal hay un terreno sin dueño propio de Su Magestad, en el que desea el suplicante obtener estableci­miento para poder fabricar una casa de havita­ción y morada para vivir con su familia y tener sus ahinas”. Al igual que en todas las peticiones parecidas, se presenta en la playa el arquitecto de Obras Reales Juan Bautista Lacorte para verificar en cada caso la posibilidad de edificar.

Otros muchos se apresuran a pedir terreno para edificar su vivienda, exponiendo su estado de necesidad y las dificultades que tenían para pagar un reducido alquiler. Bartolome Gomes, por ejemplo, dice que se encuentra “cargado de obligaciones y está    muy incomodo en la barraca que vive que está pagando su arriendo y no tiene para colocar las Artes del Barco del palangre y como tiene a su rededor a su suegro y suegra que son pobres y de muy avanzada edad se encuentra bastante necesitado y no puede pagar el alquiler de la barraca”.

Sobre este tema aducimos aquí un texto de Bernad Morales San Martín, de quien luego volveremos a hablar. En su novela Fidelidad conyugal ya nota que “las dos barriadas de El Cabañal y el Cañamelar estaban edificadas sobre grandes extensiones de playa robadas al mar; y los marineros y pescadores construían sus casitas en fila frente al mar, conforme éste iba retirándose, como huyendo de las huertas, e iban acotando con cañizos y tablas trozos de playa que convertían en huertos y corralizas que rodeaban sus chozas, dejando el arroyo a la clemencia de Dios”.

Las casas dels bous

El retroceso del mar supuso un inconveniente bastante atípico. Las varias casas dels bous (pues cada amo de pareja o cada grupo tenía unos bueyes propios), que sólo tenían sentido si se encontraban en primera línea de la playa, se habían quedado postergadas. Al permitirse nuevas líneas de edificación, ahora las cuadras se encontraban en segunda o tercera línea, muy alejadas de su natural zona de trabajo. Por ello, el 4 de febrero de 1808, los patrones de la matrícula de mar, encabezados por Andrés Llorens, se quejan de que la obra del puerto “ha dejado mucha playa enjuta” y “tienen que transpor­tar y conducir por toda ella hasta sus casas o Barracas los arreos ahínas y demás que es propio del instituto de la Pesca de que viven”. Por eso solicitan se les permita “la construc­ción de Barracas en el terreno referido”

Adelantemos que, con el tiempo, al irse agrupando en sociedades pesqueras, prácticamente había una sola casa dels bous, en la manzana entre las calles Escalante y José Benlliure, lo que entonces era la calle de San Telmo. Desde ahí, a los bueyes les costaba mucho trabajo llegar hasta el agua, y eso no sólo representaba una incomodidad, sino un peligro real, porque la faena de los bueyes no se reducía a varar embarcaciones, sino también a salvar naúfragos, y en muchas ocasiones no pudieron llegar a tiempo del rescate. Además, se ocasionaban muchas molestias a los transeúntes. Por eso al final se edificaría una de las dos que quedan, al lado de la Lonja de Pescadores de Eugenia Viñes.

De esta época tenemos varios episodios relacionados con el contrabando, en el que prácticamente todo el pueblo estaba implicado. Después de la pesca, el contrabando era la segunda actividad de los habitantes del Cabanyal, y que contaba incluso con la connivencia -cuando no con la complicidad o la implicación directa- del alcalde pedáneo. Por ejemplo, el 16 de enero de 1833, las patrullas de vigilancia de los carabineros hacen la ronda por la orilla de la playa. Pero entre el frío, la humedad, las lagunas que se adentraban bastante adentro de la tierra y las acequias que se cruzaban en el camino, los carabine­ros lo pasaban bastante mal. Por eso le piden al alcalde que al menos construya algún puente sobre las acequias, para que su ronda les resultara más cómoda, pero el alcalde dice que eso no es cosa suya, pues “no tiene ni propios, ni arbitrio ni fondo alguno”.

La ermita y la iglesia de Nª Sª de los Angeles

En 1722, un discípulo de Tosca hizo el plano del Partido de Santo Tomas, en el que se incluye el Cabanyal. En el número 9 del recuadro explicativo señala a la “Ermita de Nuestra Señora de los Ángeles y cementerio, antiguamente a la mano derecha del camino del Cabanyal, bajando al mar”. Este precioso documento señala la antigüedad de la ermita, anterior a la del Rosario, aunque durante ese siglo XVIII creo que la ermita no sería muy importante y no estaría emplazada en el mismo solar que la actual. Y, más que para atender las necesidades de culto de los cabanyaleros, era una referencia religiosa para los vecinos de la capital que se acercaban al mar por ese camino.

Para añadir: Ver AMV,INSTRUMENTOS 1724,D-36. INCENDIO  CABANYAL: Se trata de un incendio de 11 barracas junto a la alquería que llaman del Capellá o de la Llanterna, frente del Mar y a vista también de la hermita de Ntra. Señora. de los Ángeles

Tendremos que esperar a 1791 para que Jose Fornés, Arquitecto de la Real Academia de San Carlos, por encargo de la Comunidad de Marineros matriculados delinee y construya desde sus cimientos “una Iglesia, con la invocación de Ntra. Sra. de los Ángeles, situada en dicha Partida del Cabañal, y en un campo propio de la referida Comunidad, cuya obra dio princi­pio en el año mil setecientos noventa y uno, y se finalizó en el de mil ochocientos siete, habiéndose invertido en ella, al poco más o menos la cantidad de treinta mil pesos, que percibí constantemente de los expresados Componentes de la referida Comunidad del Cabañal”.

Pero durante cinco años todavía eran atendidos por el Vicario del Canyamelar, Fray Vicente Añó. Hasta que el arzobispo Joaquín Company les proporciona un nuevo vicario, desligándoles del Rosario.

En realidad, ya hacía falta una nueva ermita, pues según el Padrón de 6 de febrero de 1814, el Cabanyal contaba con 1515 almas. La mayoría eran pescadores. Desde la Cadena hasta el puente de la ermita de los Angeles (Cap de França) había 494 almas; y desde el puente de la ermita hasta la acequia de Gas (Cabanyal) había 1.021 almas. En total, 1.501 adultos, 255 niños y 209 niñas.

Los marineros pensaban que con eso había motivo suficiente para reclamar una parroquia autónoma, pues la Parroquia del Rosario estaba bastante lejos, y, según el Director de la Comunidad de Patronos Andrés Llorens, los fieles marineros están perdiendo “aquel pasto espiritual que con urgencia necesitan los vecinos de una pobladísima Partida que yacen en la más crasa ignorancia aun de los primeros rudimentos de la Religión Santa que profesamos”.

Podemos deducir que esta ermita tuvo un funcionamiento algo precario, pues en 1850, se cerró al culto divino, aunque no por mucho tiempo. El Jurado del Gremio de Pescadores, el alcalde pedáneo del Partido de San Esteban y un Diputado Provincial, se presentaron en comisión  ante el Sr. Arzobispo D. Pablo García Abella, argumentándole la necesidad que tenían de la Misa y los Sacramentos. El Arzobispo les atendió, nombrando como Vicario a D. Ramón Rodríguez Lorca.

Inmediatamente, ya el 28 de abril de 1851 quedó abierta la Iglesia con categoría de Parroquia. Aunque todavía los entierros tenían lugar en el cementerio de la iglesia del Rosario. Ahí fueron reposando los restos de los cabanyaleros hasta que en 1867 una disposición del Gobierno dispuso que se construyeran los cementerios en las afueras de las ciudades.

Efectivamente, hasta 1867, los entierros se realizaban en las inmediaciones de la Parroquia del Rosario, pero ante las nuevas disposiciones del Gobierno, el Ayuntamiento de Pueblo Nuevo del Mar, ya independiente, como veremos, empieza la construcción del cementerio que todavía persiste en el camino del Cabanyal, en el que, en adelante, también se irían inhumando los feligreses del Rosario.

Adelantémonos a los acontecimientos unos cuantos años, para hablar del párroco de los Ángeles Juan Bautista Planelles Segura que, como tantos otros, merecería una reseña más extensa. El 20 de marzo de 1902 los Ángeles fue elevada a la categoría de “curato” siendo su primer párroco propiamente dicho el Cura Planelles.    La ceremonia de la toma de posesión se celebra el 10 de mayo y en esa ocasión fue acompañado por el cura del Rosario, Don Luis Navarro Oliver.

Del Cura Planelles no tenemos muchos datos, pero el recuerdo de algún anciano nos permite presentarlo como un cura extraordi­na­riamente digno de su vocación, y muy amigo del Padre Navarro. Alguna influencia debió ejercer para que los patronos de Marina Auxi­liante pensaran en dedicar su antigua Casa dels Bous a Cole­gio para niños (el Asi­let), regentado por Terciarias Franciscanas. Ahí, por 10 céntimos diarios, a los párvulos los tenían recogi­dos, les enseñaban algo y les daban un plato de comida, pan y fruta. Este sacerdote vivió la última parte de su vida en la calle Escalante 207, cuidado primero por su hermana y luego por su sobrina. Vivió con bastante intensidad y preocupación todo el conflicto ocasionado por las diferencias entre los patronos y los pescadores, es decir, entre Marina y Progreso. No sería extraño, como aseguran algunos, que este conflicto acelerara su muerte, acaecida hacia 1913.

Digamos también unas palabras sobre el faro de los Ángeles, instalado en una de sus dos torres, y que está descrito en el libro de Geografía de Carreras Candi:

En el extremo noroeste del Pueblo Nuevo del Mar, y a 583 metros de la orilla del mar; es catadióptrico, de sexto orden y está montado sobre una torre blanca y cuadrada, que pertene­ce a la Iglesia o Ermita de los Angeles, en la que, a 16’6 m. de altura sobre el nivel del mar, se enciende una luz fija, blanca, que alcanza a nueve millas de distancia, indicando no solamente la situación próxima del puerto de Valencia, sino la playa donde los pescadores acostumbran a varar sus embarcaciones”.

Los Ángeles ha estado siempre en el centro cordial de los habitantes del Cabanyal, que la consideran como una cosa muy suya, muy trenzada con sus vidas y sus vivencias más íntimas. Éste es un buen momento para hablar de pasada sobre un eminente escritor que nació en el Cabanyal en 1864 y que refleja en sus escritos la relación de los cabanyaleros con su iglesia de los Ángeles. Se trata de Bernad Morales Sanmartín, nacido en la calle de los Ángeles el 24 de abril de 1864. Este ilustre escritor cabanyalero, que llegó a ser miembro correspondiente de las Real Academia Española de la Lengua, es autor de unas deliciosas novelas costumbristas, de gran calado, con la particularidad de que la acción de casi todas ellas transcurre en el Cabanyal. Voy a destacar entre todas Tierra Levantina, La Rulla y Cadireta d’or. Estas novelas son difíciles de encontrar, pero se está abriendo camino la idea de publicarlas nuevamente, concediéndole a su autor el lugar que nunca debió perder y dándonos a todos la oportunidad de disfrutar con su obra. Ahora voy a limitarme a transcribir algunos párrafos sacados de otra de sus novelas: Fidelidad conyugal. Esta deliciosa novela, cuya acción transcurre en 1915, trata una historia mil veces vivida en el Cabanyal: un naufragio y sus consecuencias. En este caso se trata del naufragio en las costas de Cardiff del vapor Levantino, que llevaba a bordo a dos gemelos, Román como capitán y Ramón como piloto. Román estaba recién casado con Fidela y la novela narra las aflicciones de la viuda y la madre, Batista, y el consuelo que encuentran en la Virgen de los Ángeles.

(Digamos que esta imagen de la Virgen de los Ángeles probablemente fuera la que se esculpió en 1885, siendo Vicario el Padre Francisco Requena, a expensas de la Cofradía de Nuestra Señora de los Ángeles, que asimismo sufragó unas andas en oro y plata. Más tarde, en 1909, un grupo de cofrades adquirió otra imagen de la misma Virgen, con el objeto de tenerla en casa durante el año los clavarios y luego llevarla en procesión. El cura era Juan Bautista Planelles, y los nombres de los cofrades son éstos: Francisco Nicolau, José Gómez, Manuel Ibáñez y Andrés Ballester, que fueron recogiendo el dinero para la imagen a base de limosnas entre los feligreses).

Una vez recibida la noticia del naufragio, “Batista y Fidela, sencillas creyentes, mandaron decir misas y cantar suntuoso funeral por las almas de Román y de Ramón, sus inolvidables náufragos, y asistieron a aquellos actos rigurosamente enlutadas. Pero, alterando las costumbres patriarcales de El Cabañal, el Rosario de difuntos, que durante ocho días rezan en sus propias casas aquellas ingenuas gentes marineras, asistidas por todo el vecindario, parientes y amigos, se rezó en la Iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, la Virgen Patrona de toda la marinería cabañalera”.

“Fidela era muy devota de la Virgen de los Ángeles y el día de la Purificación acudió a la misa de alba, pero no quiso acudir a la misa mayor, a la vista de toda la gente, porque le evocaba recuerdos demasiado dolorosos. “Celebrábase aquel día la fiesta solemne de la Purificación de la Virgen María, y más que nunca quiso que no la vieran las gentes en la misa Mayor, en la que con vistoso ritual, profusas nubes, graves cantos litúrgicos y escandalosos trompetazos de órgano, se hacía al fin de aquella el tradicional reparto de las candelillas de todos colores y vistosamente adornadas, a los fieles en el presbiterio y por mano del señor cura.”

“¿Cómo asistir a aquella fiesta, soñada con muchos días y semanas de anticipación por todos los arrapiezos y mocosillos de El Cabañal que se disputaban la candelilla roja, la verde, la amarilla o la blanca, en el presbiterio a empujones y codazo limpio, si Fidela recordaba que Román, siendo aún un niño, y mucho antes de hablarle de amores, lograba atrapar la más grande y más linda candelilla para ofrecérsela a ella, encendido como la grana y balbuceando palabras de ingenua y torpe cortesía que apenas lograban salir de sus labios?”

“Luego, aquellas candelillas las guardaba Fidela, como un tesoro que nunca vió nadie, en el fondo de su arca de doncella, y por el número de ellas contaba los años há que Román tenía por la pobre huérfana aquella delicada y perseverante preferencia. No le faltó ningún año, día de la Candelaria, a Fidela su candelita bendecida y adornada con tiras de papel dorado, que le entregaba el mozuelo con trémula mano y ruboroso como una doncellita”.

No falta el recuerdo para el emblemático faro, guía luminosa de tantos marineros y pescadores: “Fidela, al salir a la plaza de la iglesia tropezó con los hondos carriles que las ruedas de los carruajes dejaban en las masas de arena y ahogó un grito. Apoyóse en un joven olivo que nacía de un montículo de arcilla cuidadosamente enjalbegado, junto a una acera, y cuando le pasó el susto levantó los ojos y contempló a través de las lágrimas el faro que desde una de las dos torres de la iglesia indicaba a los navegantes la proximidad del huerto de Valencia y a los pescadores la de la playa de El Cabañal”.

“Aquel ojo luminoso, decíale su Román, hacía estremecerse de júbilo el corazón del joven marino cuando al entrar en el golfo valenciano le indicaba que allí, bajo su luz, dormían esperándole, soñando con él y con su feliz vuelta, las dos mujeres que amaba y que le amaban: su madre y su Fidela… y la enlutada mujer quedóse en el centro de la playa, deslumbrada, contemplando el foco de luz que hacía palidecer la de las estrellas”.

“¡Ya no haría latir aquel foco el corazón de Román!”

Pero la novela toma una deriva sorprendente: unos pescadores ingleses habían logrado rescatar a Román, que escribe a Fidela contándole la odisea y anunciando su llegada, una vez restablecido. Fidela cree morir de felicidad y no deja de dar gracias a la Virgen, rezando todas las noches en su casa un rosario de gracias, al que acudía toda la vecindad. Y “cuando Román llegara se diría en la iglesia de la Virgen de los Ángeles una misa solemne, a la cual asistiría ella descalza, a la que invitarían a todo el pueblo; y descalza subiría Fidela con Román la montaña de Cullera para dar gracias a aquella otra virgen morena, “amparo y consuelo también de los pescadores y marinos del golfo de Valencia”.

La independencia del Poble Nou de la Mar

Después de varios intentos, las reformas políticas, derivadas de la Constitución de Cádiz de 1812, le permitieron al Cabanyal (Canyamelar, Cabanyal y Cap de França) llamado durante 63 años Poble Nou de la Mar, alcanzar la plena autonomía municipal. La nueva Constitución fomentaba la independencia de los municipios, creando Ayuntamientos en todas las localidades de 1.000 almas en adelante. El liberalismo creía que la multiplicación de los ayuntamientos fomentaría la participación del ciudadano en el gobierno, porque los consideraban “el primer cimiento del gobierno interior de la nación, en que se apoyan y de donde parten todas las funciones gubernativas hasta elevarse a la autoridad suprema”.

La época de su independencia, Poble Nou de la Mar tuvo un desarrollo muy fecundo, influenciado muy marcadamente por el crecimiento de la playa en los terrenos ganados al mar.

La repercusión urbanística más visible fue la posibilidad de edificar una nueva calle, que sustituiría  a la calle Mayor: la calle de la Reina (por Isabel II), concebida como una obra de gran envergadura, de acuerdo con modernos criterios urbanísticos. Prácticamente se concibió como una zona de alto standing, y en ella levantaron sus viviendas destacadas personalidades de Valencia y del mismo Poble Nou de la Mar.

Dado el carácter de este artículo, limitémonos a ofrecer en conclusión sólo algunos detalles de este período: el incendio de 1875, la Marina Auxiliante, la anexión en 1897 y El Progreso Pescador.

El incendio de 1875

Un nuevo zarpazo vuelve a rasgar la vida del Cabanyal el 30 de mayo de 1875. No sabemos si un niño jugaba con fuego, si a una mujer se le escapó una tea o si un hombre apagó mal su cigarro. Lo cierto es que de la calle San Roque 24 se propagó un fuego que fue extendiéndose como un abanico hacia el mar. Como un terrible dragón, el fuego se fue alimentando de todas las barracas, empezando por los techos de paja y siguiendo por todos los enseres domésticos: sillas, camas, armarios, mesas y cuadros iban siendo devorados por la incontenible lengua roja agitada por el viento. El fuego dejaba al descubierto los “buques” de las barracas, de tronco de morera, para hundirlos después estrepitosamente, entre el humo de las pavesas y el acre olor a ceniza.

El número de barracas incendiadas ascendió a 250; práctica­mente el 75% de la barriada. Y si no se incendiaron más fue debido al denodado esfuerzo y a la desesperada imaginación de los marine­ros, que recurrieron a los bueyes de la calle San Telmo, o a los de Félix Lacomba, para evitar la completa propagación del incendio. Atando las cuerdas que encontraban a las barracas que todavía estaban intactas o que estaban al límite de ser devoradas por la horrenda falla, ataron el otro extremo a los bueyes, que, azuzados por los boueros, las hacían caer en medio de la hoguera, evitando que las llamas prendieran en las pocas barracas vecinas que se salvaron.

El gobernador, Antonio de Candalija, la Real Sociedad Económica de Amigos del País y el Marqués de Campo colaboran decisivamente en la formación de la “Junta de Socorros para remediar las desgra­cias ocurridas con motivo del incendio que tuvo lugar en este pueblo en 30 de Mayo de 1875″. Quien preside la comisión es el Padre Luis Navarro.
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La manzana comprendida entre las calles de San Nicolás (Padre Luis Navarro), Buenaguía (Barraca), y las trave­sías de la Marina y de Campos (que ahora se llama de Vicente Guillot, “el tio Bola”) era la que se encontra­ba en el centro de la vorágine. Todavía hoy algunos conocen como las casitas de Campo ese bloque que en su conjunto tiene forma de barraca, aunque tenga tejado de obra y haya ido modernizándose en su interior.

Las sociedades pesqueras

Marina Auxiliante tiene antecedentes que le vienen de lejos. El mar, además de peligroso por naturaleza, es escena­rio de muchas batallas. Los que viven de él han debido estar siempre pendientes de defender la costa, tanto de los moros como de los corsarios o de cualquier enemigo que considera los puertos como objetivo estratégico de primer orden. Por ello, en las Ordenanzas de Carlos IV, fechadas en 1802, se da por sentado que todo el que surca los mares está práctica­mente al servicio de Su Majestad. A cambio, les otorga la fundación del Gremio de Mareantes en el que puedan “establecer un fondo que, manejado por los individuos que el mismo gremio eligiere, tenga una útil inversión en beneficio y socorro de los matriculados indigentes”. Y, como un estímulo, se les concede el privilegio de la pesca y el de venderla con toda libertad.

Este sistema organizativo perdura hasta 1864. En ese año, una Real Orden extingue los gremios, y los marineros deben pensar rápidamente en otro modelo alternativo de organización. El mismo año de 1864, 16 hombres y dos mujeres del Cabanyal fundaron la sociedad llamada “Marina”. Y todavía reflejan en sus Estatutos que “semanalmente abonarán a la sociedad el precio o retribución de costumbre, exigido hasta la extinción del Gremio de pescadores y mareantes del Cabanyal”.

Esta sociedad “Marina” compra la cuadra o antigua Casa dels Bous del extinguido Gremio de pescadores de la matrícula del Cabanyal, emplazada en la calle San Telmo, 75 -es decir, la esquina de manzana que va desde José Benlliure 201 a Escalante 232-.

Paralelamente, Vicente Viñes se mete en el mismo negocio, fundando otra sociedad, con los mismos fines que la anterior: protegerse y colaborar mutua­mente ante las dificultades y peligros del mar y botar y varar naves con bueyes: Su nombre será “La Protecto­ra”. Entre los socios, apellidos ilustres del Cabanyal: Simón Cases, Francisco Garcia Tormos, futuro alcalde y fundador de la saga de los Parrantes, Ramón Palau, Juan Bautista Serra Cano, Vicente Serra Cubells o Peregrín Cerveró Domingo.

Es muy significativo el modo que esta sociedad tenía de realizar préstamos, que siempre estaban basados en las circuns­tancias personales y posibilidades del deudor. Por ejemplo, a Cayetana Albors y Marqués, viuda del alcalde Nicolás Fosati Gimeno, le prestan 2000 reales “al interés de la media parte que gane un marinero tripulante de la barca de bou denominada de San Nicolás mientras se dediquen a la pesca de bou; y una cuarta parte si se empleara el barco haciendo viajes de tráfico; cuyo interés lo satisfará mientras dure la pesquera. Además, se obliga a valerse de los bueyes de los expresados Garcia, Viñes, Cases y Palau para varar y botar dicho barco”.

El caso es que, en 1866, los componentes de La Marina y de La Protectora llegan al acuerdo de disolver sus sociedades y de fundar una nueva que recoja el nombre de las dos: Marina Protectora.

La nueva sociedad poseía para su servicio 22 bueyes, un caballo, carre­tas, carro y aparejos. Y para cuidar la imparcialidad y buena administración se irán turnando en la dirección de la empresa los directores de cada una de las sociedades. La fuerza de esta sociedad es decisiva en todos los órdenes de la vida del Cabanyal, que giraba a su alrededor: alcaldes o concejales fueron Fosati, Cerveró, Isach, Garcia Tormos, los hermanos Ferrer Rams, Pascual Gimeno, Viñes, Bru, Lacomba o Rubio Tarazona. Su influencia se ampliaba a través de conexiones familiares y todo el tejido social estaba impregnado por el aliento del mar.

Estos empresarios de la pesca reconvertidos en políticos locales con resabios caciquiles llevaban un tren de vida que les distinguía del resto de sus conciudadanos. Sabemos, por ejemplo, que Felipe Bru Picó usaba paletón, y que tenía una levita y un sombrero de copa. Y en las dotes de sus hijas se incluían mantillas, sacos de glasé, pañuelos de lana y seda, nueve vestidos, ocho enaguas, doce camisas, ocho pantalones de señora, un corsé, cuatro peinadores, botitos, bufandas, refajo, sábanas, fundas de almohada, cubreca­mas, mantelería, manteles, toallas y delantales.

Marina Auxiliante

Todos los ensayos para formar sociedades de pesca cuajaron el 23 de noviembre de 1874 en la fundación de la sociedad Marina Auxiliante, que ha pervivido hasta mediados del siglo XX, y de la que todavía se conservan sus edificios sociales: la Casa dels Bous y la Lonja del pescado (el edificio más emblemático del Cabanyal), en la calle Eugenia Viñes.

Al principio del siglo XX, esta sociedad se verá afectada por la competencia de El Progreso Pescador”, sociedad de carácter republicano de la que hablaremos un poquito después de hablar de la anexión de Poble Nou de la Mar a Valencia.

La anexión

La vida seguía su marcha, pero con el final del siglo XIX iba a cambiar de ritmo. En Marina Auxi­liante seguían dedicados a sus tareas de pesquera; el Padre Luis Navarro seguía organi­zando los jueves eucarísticos en colaboración con Eugenia Viñes mientras los feligreses del Rosario, de los Ángeles y de Santa María del Mar acudían el 27 de noviembre de 1893 con sus estan­dartes, sus imágenes y su música al Congreso Eucarístico. El alcalde Cayetano Albert inicia el expediente del alcantarillado y vigila las condiciones sanitarias de la población, proce­diendo al desecamiento de los charcos que pudieran ser causa de focos infecciosos. La entrada en el siglo XX iba a traer muchas novedades. Para el Pueblo Nuevo del Mar, la princi­pal iba a ser la pérdida de su independencia y la incorporación de su Ayunta­miento, a todos los efectos, al munici­pio de Valencia. Era el verano de 1897.

La anexión estaba cantada. La historia de Pueblo Nuevo del Mar es la historia de un voluntarismo impotente. Pero si la independencia municipal sirvió para configurar y personalizar a un pueblo no iba a ser el instrumento más adecuado para la etapa posterior. Al menos no respondía a las expectativas que la gran ciudad tenía sobre la configuración de su futuro.

La política expansiva de la capital era muy fuerte, respondiendo a un modelo ideológico de ciudad engrandecida, dispuesta a no permitir más conflictos con municipios del entorno y deseosa de someter a sus intereses inmobiliarios y urbanísticos los terrenos prácticamente vírgenes de los municipios de alrededor. Por otra parte, no hay que olvidar el factor de prestigio “nacional” para la burguesía valenciana, que suponía habitar una gran ciudad o metrópoli de un tamaño semejante al de otras capitales del Estado.

El reflejo de esta incorporación al Ayuntamiento de Valencia lo encontramos de nuevo en las Actas. El 7 de junio de 1897 “el secretario dio lectura del Real Decreto de 1º del actual inserto en la Gaceta del día 2, por el que se dispone la agregación de este municipio al de Valencia”.

Con esto estamos prácticamente en el siglo XX, siglo de grandes convulsiones. Entre ellas, la que afectará a las sociedades pesqueras del Cabanyal.

El Progreso Pescador

A todo lo largo de la playa, desde el Riuet hasta la Cadena, se extendía el campamento de los pescadores, herederos de aquellos que desde los tiempos de Jaime I eran dueños y señores del mar y la playa. En Octubre empezaba el trasiego: las barcas del bou, arrastradas por los berrendos bueyes, de brillan­te piel de terciopelo, se metían en el mar en busca de su alimento cotidiano y, una vez capturado, varaban en la playa ofreciendo un pintoresco espectáculo. Claro que los pescadores no veían la pesca con los ojos del turista o del pintor, sino que la sufrían como un tormento. El mar era generoso, pero también cruel.

Los patronos estaban organizados alrededor de la Marina Auxiliante, entidad que poseía la Casa dels Bous,

en la esquina de Travesía de Pescadores con Eugenia Viñes. Aunque no nadaban en la abundancia, los patronos tenían una posición algo más sólida que los simples pescadores, que apenas podían sobrevivir con la parte que tenían asignada, y paulatinamente nació en ellos la idea de independizarse de los patronos y montar una sociedad pesquera propia. Sus familias vivían al día, en casas realmente sencillas, comida elemental y ropa indispensable, mil veces recosida. Nada digamos de la familia que tenía la desgracia de perder al padre en una tempestad.

Al blasquismo no le fue difícil advertir motivos de descon­tento entre los pescadores. A partir de 1903 El Pueblo va dando cabida en sus páginas a todas las protestas y reivindicaciones obreras, extendiendo con ello la problemática a todo el ámbito de la ciudad y preparando el terreno para sus actuaciones en favor de los pescadores.

La lucha  entre los patronos y pescadores se engarzaba con la que en el puerto llevaban los estibadores contra los armadores. En la playa, los pescadores planteaban un menor porcentaje del patrono en las ganancias y una rebaja en el precio por el arrastre de los bueyes. Ante esto, los patronos contratan tripulantes venidos de fuera y los pescadores responden con una larga huelga. Pero ésta no podía arreglarlo todo. Así que, en un primer ensayo, “los huelguistas se asociaron y con los recursos que buscaron tripularon también dos parejas”.

Los pescadores aprenden que la lucha no han de darla sólo en la arena de la playa, sino sobre las moquetas de los despachos, hasta que    el Ingeniero Jefe de la 3ª Demarcación de Costas del Ministerio de Obras Públicas tiene que conciliar los intereses de Marina Auxiliante y del naciente Progreso Pescador, concediendo a Marina el espacio entre Gas y los Ángeles y al Progreso el espacio existente entre los Ángeles y la Cadena.

Para ordenar la playa, el primer paso es conceder a Marina Auxiliante la Lonja del pescado. A su alrededor se construirán 40 departamentos o casetas de dos pisos, o sea en número igual al de asociados, instalándose en la planta baja el teñidor de redes y en el principal los demás anejos de las embarcacio­nes y de la industria.

Y los pescadores siguen buscando soluciones por su cuenta: tras unos meses de preparación, en septiembre de 1904 pueden lanzarse a la mar nada menos que 35 parejas, capaces de hacer la competencia a los patronos. Se nota que están entusiasmados y van ocupando, palmo a palmo, el terreno de los patronos. Comercializan el pescado directamente sacándolo a tierra antes que la flota de los patronos. Para ello contaban también con un eficaz sistema de palomas mensajeras.

No tardará en construirse la “Casa dels Bous” del Progreso Pescador y su respectiva Lonja del pescado, que harán la competencia a las de Marina Auxiliante.

Estas dos sociedades coexistieron hasta después de la guerra civil, para finalmente fusionarse en la Cofradía del Puerto.

Antonio Sanchis, Valencia, marzo de 2007

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Comentarios»

1. Antonio Sanchis Pallarés « Radio Malva 105.0 fm - septiembre 14, 2010

[...] El Cabanyal y los hijos de un mar difícil [...]


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