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Sequia De Gas/D´en Gash en El Cabanyal noviembre 5, 2008

Posted by borjacoqui in Biografía.
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“La pequeña Roseta, cargada con un cántaro casi tan grande como ella, iba vaso en mano por la playa de los baños, agitando su maraña de rubios pelos y gritando con voz débil: “Al aigua fresque­ta!”, sacada de la fuente del Gas” (Blasco Ibáñez, en Flor de Mayo).

La acequia más famosa del Marítimo es (era) la de Gas, que divide el Cabanyal del Canyamelar. Es uno de los últimos ramales de la acequia de Mestalla y hoy constituye el alcantarillado de la Avenida del Mediterráneo. Esta acequia no llevaba agua exclusivamente de la acequia de Mestalla, sino que tenía su propio caudal. Tanto en la actual plaza del Mercado del Cabanyal como en la Avenida del Mediterráneo, había fuentes abundantes y con agua de muy buena calidad. Hay indicios de que, en los primeros siglos, fondeaban algunos barcos muy cerca de su desembocadura, para aprovechar el agua. Y en el XIX la acequia tuvo gran importancia, constituyendo sus riberas una arteria muy concurrida, al lado de las cuales se edificaron viviendas de más calidad, que coexistían con pequeñas viviendas o con sencillas barracas.

Se conserva una preciosa fotografía del siglo pasado, en la que puede contemplarse a las cabanyaleras haciendo su colada en la acequia. Desde luego, era un espectáculo pintoresco. Aunque no opinaban así -a juzgar por las quejas- los desprevenidos viandan­tes que caían al suelo, al resbalar por las enjabonadas y relucientes piedras de los puentes. Respecto al nombre, popularmente se le viene dando el de acequia de Gas. Pero hay una corriente de opinión se inclina por llamarla d’En Gasch. De momento, no creo que podamos inclinarnos rotundamente a favor de uno de los dos términos. Pero puede resultar útil anticipar que, según el diccionario de Coromines, este término fue inventado por el químico flamenco J.B. van Helmont (†1644), haciéndolo derivar del neerlandés geest ‘espíritu’, pues Helmont calificaba también el gas de spiritus silvestris. La terminación parece debida al influjo del término blas, o soplo. Y que cuando en 1844 se inaugura la iluminación con fanales de gas en la Glorieta, era todo un espectáculo ir a contemplarla. Hasta que se popularizó esta sencilla cancioncilla: no te compongas/porque no irás/a la Glorieta/a ver el gas. 1.- OPINION INICIAL A FAVOR DEL TÉRMINO GAS. No hay datos que permitan identificar el nombre de la acequia con este elemento químico. Más bien hay que buscarlo en los numerosos apellidos Gas que se encuentran en la zona. Efectivamente, en el mapa que se elabora a raíz del incendio de las barracas del Cabanyal en 1796, con la intención de reordenar toda la zona, hay una barraca llamada de Gas y a la fuente que vertía a esa acequia, cerca del mercado del Cabanyal, también se la llamaba de Gas. En multitud de documentos del siglo XIX se insiste en llamar a esa acequia como la de Gas, y es esa denominación la que usa Blasco Ibáñez en toda su obra. No consta ningún documento oficial que la nombre como la d’En Gasch. Lo cierto es que en mis modestas y provisionales investigaciones he constatado que en las Actas y planos y en el conjunto de toda la documentación del Ayuntamiento de Pueblo Nuevo del Mar durante el siglo XIX siempre se habla de Gas, con o sin acento. Nunca se habla d‘En Gasch. En los protocolos notariales se habla de construcción de barracas junto a la acequia del Gas. Por ejemplo, en 1791 ya se hablaba de una barraca junto a otras de Josepha Bru y Pasqual Danza, junto a la Azequia de Gas, teniendo por espaldas el mar, playa de por medio. Y en 1830 se dice que la barraca que servía de matadero en la calle Carmen lindaba “por un lado con la barraca de Bautista Cister, por otro la acequia de Gas”. Y éstas son las descripciones de Blasco Ibáñez en Flor de Mayo: “A la orilla de la acequia del Gas, las mujeres, puestas de rodillas y moviendo sus inquietas posaderas, lavaban la ropa o fregaban los platos”. “La tripulación (de las barcas del bou), cansada del líquido recalentado de los toneles (estaba) deseosa del agua fresca de la Fònt del Gas”. “El trozo de playa entre la acequia del Gas y el puerto, olvidado en el resto del año, presentaba (en el verano) la animación de un campamento”. Este ligero recorrido por textos antiguos encuentra una confirmación más sólida viendo el plano hecho a raíz del incendio del Cabanyal de 1796, donde hay una lista de los habitantes de las barracas. Entre ellos, un tal Felipe Gas y la fuente de Gas. Tanto Ximo Díez como el viejo capitán José Huertas, especifican que ya se tienen noticias de la familia Gas en 1855, que poseían barcos y que en una tienda propia vendían lo que transportaban en ellos. 2.- OPINIONES A FAVOR DE LA DENOMINACIÓN D’EN GASCH. Esta documentación y el uso popular del término no basta a algunos otros estudiosos. Entre los autores que he podido leer, el más antiguo y más prestigioso es José Rodrigo Pertegás, que en su Ensayo sobre topografía preurbana de Valencia, publicado en  1922, habla de las fuentes y acequias utilizadas para los usos domésticos y agrícolas. Entre otras de Carpesa, Benimaclet o Borbotó, nombra a las de “En Gasch y Pixavaques, en El Cabañal y Cap de Fransa”. Después de él, Martínez Aloy le llama siempre acequia de Gas, aun “reconociendo” que su nombre era el d’En Gasch (¡), según propugnaba un erudito de su época, Francis­co Almarche, que debió expresarse así en alguna conversa­ción privada, pues no he podido encontrar ningún escrito suyo que lo corrobore. Siguiendo la estela de estos autores, Luis Minguet Albors, en su manuscrito conservado en la Biblioteca de San Miguel de los Reyes, hace una ligera descripción de las fuentes de Valencia y, parece que siguiendo a Rodrigo Pertegás, dice que “entre las fuentes celebradas de los alrededores se encuentra la de en gasch, en los alrededores de las poblaciones marítimas”. Es lo mismo que dice Sanchis Guarner comentando una foto del siglo pasado, tomada desde la esquina de la actual Avenida Mediterráneo con la calle Progreso: “Vet ací la séquia d’En Gasch que servia per a escurar els plats i rentar la roba”. . Recientemente, otros varios autores se inclinan por la denominación d’En Gasch. Por ejemplo, Carles Ibors Sanchis, en el libro de VV.AA., Història de la ciudad, II. Territorio, sociedad y patrimonio. Una visión arquitectónica, dice que “el sector comprendido entre los poblados marítimos, el río Turia y la Ermita de Vera dividía la acequia de Mestalla en dos canales subdivididos en diversos brazales. Estas dos unidades de riego abastecían el citado espacio y buena parte de sus derivaciones confluían junto a la restinga, desembocando por varias salidas descubiertas hacia el mar, como hacía hasta mediados del siglo XX la séquia d’en Gasc, mal llamada del Gas”. Francesc Cardells, en su tesis inédita La cultura material baixmedieval a l’àmbit rural de l’Horta de València, insiste en la denominación d’En Gasch. Ahora bien, ni Sanchis Ibor ni Cardells avalan documentalmente en ningún momento la validez de esa denominación, como tampoco lo hacían Rodrigo Pertegás o Sanchis Guarner.. 3.- A LA BÚSQUEDA DE UNA SOLUCIÓN Aunque los documentos manejados indican que deberíamos inclinarnos por la denominación de Gas, una duda razonable flota en el aire, pues algún motivo deben de tener autores de reconocido prestigio para mantener la denominación de’En Gasch. Quizá no sea suficiente la falta de “pruebas” positivas a favor de la denominación d’En Gasch para concluir que el nombre que corresponde a la acequia es el de Gas. El caso es que no me quedo tranquilo llamándola simplemente del Gas. Así pues, mientras esperamos que alguien encuentre un documento verídico y no una mera opinión que apoye fuera de toda duda la denominación d’En Gasch y nos saque definitivamente de dudas, dejemos abierta esa puerta, que Ignasi Mangue insiste en atravesar. Y, aunque no demuestra nada, aduce una pista argumentando que el apellido Gas proviene claramente del apellido Gasch, muy extendido con anterioridad al siglo XIX. Efectivamente, en el diccionario de Alcover, Moll y Sanchis Guarner se dice que Gas es un “llinatge existent a Rialb, Barcelona, La Galera, Xerta, Santa Bárbara, Tortosa, Castelló, Alcora, València, Benifaió, Alacant, etc”. Pero también añade que es una “sèquia de l’Horta de València, que abans s’anomenava sèquia d’En Gasc. Y explica que Gas es probablemente una reducción del apellido Gasc. ¿Puede ser éste un camino que conviene recorrer en busca de la claridad? En este sentido, he encontrado un documento del ARV que, curiosamente, se bandea entre las dos denominaciones (ARV, Bailia, E, 2376, año 1807). El hecho es que en 1807 María Luisa Ortíz posee una casa-alquería en el Canyamelar, que tiene a un lado la barraca de Josefa Gas, viuda de Blas Roca, y, por otro, la acequia del mismo nombre. Maria Luisa denuncia a Josefa porque ésta ha abierto una nueva puerta en su barraca, invadiendo así el rellano de su alquería. Pero en el aspecto que ahora nos interesa, digamos que a Josefa se la apellida Gas en dos ocasiones, igual que a la inmediata “fuente nombrada de Gas”. Sin embargo, cuando se explicitan los límites de la alquería, se dice que uno de ellos es la barraca de Josefa Gasc y el otro la acequia. Lo más significativo del caso es que al escribir Gas en el texto se hace con toda naturalidad, empleando el mismo tipo de letra que en el resto, pero se advierte con toda claridad que al emplear el vocablo Gasc se hace como una corrección sobre el texto, como si alguien hubiera pretendido aclarar los conceptos, empleando para ello una grafía e incluso una tinta diferente. ¿Puede suponer una reivindicación del apellido auténtico frente al simplificado? Mi deseo es que esta minúscula y dubitativa aportación a nuestra topografía resulte de utilidad, aunque más que respuestas aporte dudas momentáneas. Pero además plantea una advertencia: para hacer afirmaciones históricas no podemos aceptar acríticamente afirmaciones anteriores que se convierten en tópicos vacíos y sobados. También deja en el aire alguna cuestión pendiente: por lamentable que pueda parecer, todavía no podemos afirmar que sepamos el significado de las palabras Canyamelar y Cap de França. Creo que profundizar en estos temas, así como en otros de más calibre, es una obligación de todos los que aman a su pueblo. Intentaré escribir algo sobre ello. Antonio Sanchis Pallarés, Valencia, 28 de enero de 2005

El nombre de Canyamelar noviembre 5, 2008

Posted by borjacoqui in Biografía.
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El Canyamelar, la parcela del antiguo Poble Nou de la Mar más cercana al Grau, entre el Riuet y la acequia de Gas (o d’En Gasch) no tiene un nombre de origen demasiado claro. En realidad, la pregunta de por qué esa fracción de territorio recibe ese nombre todavía no tiene respuesta.

La respuesta más tradicional afirma que el nombre proviene de la caña de azúcar o canyamel, siguiendo la explicación que daba el cronista Vicente Boix en su Valencia histórica y topográfica de 1862 y que se ha venido repitiendo mecánicamente hasta nuestros días: “Los almorávides abrieron numerosas almunias derramando por todas partes muchos cármenes (en Granada, “quinta” con huerto o jardín) y chozas, dedicándose en especial al cultivo de la caña de azúcar cerca del mar, y en el terreno que conserva en lemosín el recuerdo de este grato producto: Cañamelar”.

Ahora bien, creo que a esta afirmación le falta solidez. De todos modos voy a partir de ella con espíritu crítico, intentando descubrir qué hay en ella de cierto, de falso o de dudoso.

La primera duda o el primer desconcierto proviene de que, hasta nuestros días, en esta zona costera no se ha encontrado ningún resto de esa plantación: ni referencias documentales, ni asentamiento humano, ni restos vegetales significativos, ni medios para su elaboración, almacenamiento o distribución, siendo así que el cultivo del azúcar requería una infraestructura considerable: molinos, alfarería, mucha mano de obra, etc. ¿Cómo pudo estar considerada por los árabes como un canyamelar y pasar quinientos años sin reconocerlo con tal nombre? Porque no he visto constatado el nombre del Canyamelar en nuestra toponimia hasta 1759.

Este desconcierto me llevó en 1997 a elaborar la hipótesis de un origen distinto para ese nombre, porque si no había canyamel sí que había cáñamo. Por tanto, el nombre podía derivar del cáñamo más que de la caña de azúcar. Es lo que expuse en mi libro sobre la Historia del Cabanyal, Poble Nou de la Mar. Efectivamente, hasta hace muy poco había por la zona balsas de curar cáñamo, que se empleaba tanto para fabricar alpargatas como sogas para amarrar los barcos. De todos modos, hay que reconocer que esta hipótesis también presenta algunas fisuras y por eso en este artículo vuelvo a insistir y profundizar en la hipótesis del azúcar.

Hay que admitir la genérica afirmación de Boix según la cual la introducción del azúcar en España se debe a los árabes, puesto que antes de ellos no había ningún rastro de su cultivo. Cuando Estrabón, por ejemplo, habla de los productos con los que España comerciaba con Roma, no nombra el azúcar ni el arroz. Pero iremos viendo que eso no significa que se cultivara en nuestro Canyamelar, como iremos viendo.

No es de extrañar que antes de los árabes el azúcar no se cultivara en España y concretamente en Valencia, pues exigía unas condiciones climatológicas muy propicias, según ha estudiado Antonio López Gómez. Se requieren unos regímenes de lluvias que no se dan en Valencia, una temperatura media de 20 grados y una ausencia de heladas. Por nuestros alrededores la zona que más se acerca a ese ideal es La Safor. Pérez Vidal afirma que Gandía es propicia al cultivo de la caña de azúcar al estar resguardada por un arco montañoso que crea una especie de hoya térmica abierta sólo al mar, que es el regularizador principal del estado atmosférico. Incluso parece que el nombre de la Safor se refiere al nombre árabe.- Azafor, ‘las rocas’- que tuvo bajo los musulmanes.

Es más: parece ser que se introdujo entre los siglos IX-XI, de ocupación árabe, siglos en los que precisamente se produjo un “pequeño óptimo climático”. Situación climática que casi volvió a reproducirse desde 1300 hasta 1550.

Sobre la base de una mínima población previa se consolida un asentamiento nacido con una clara intención de controlar el territorio. Población previa que ya contaría con algún tipo de edificación estable. El Llibre del Repartiment nos da la pista precisa. En él se menciona quince veces la Vilanova del Grau haciendo alusión a concesión de tierras. Y concretamente el 25 de abril de 1239 el rey otorgó a un tal Amet Alcuileri, musulmán, “domos quas habebat in Vilanova”. Es decir, que el rey otorga a un musulmán una casa de obra sólida construida antes de la repoblación cristiana.

Diez años más tarde contamos con un documento que, aunque no sea estrictamente el acta fundacional del Grau, sí que señala su consolidación como núcleo poblacional preexistente, al que Jaime I quiere regularizar y controlar. Nos referimos al 27 de mayo de 1249, año del Privilegio real por el que Jaime I se dirige a los que ya tenían alguna clase de terrenos en el Grau, concediéndoles algunas ventajas para edificar casas de obra sólida. Se trata de que entre 1238 y 1249 Jaime I había empezado a edificar un muro en la Vila Nova, aprovechando tierra y piedras de un solar cercano, utilizándolo como una cantera. Pues bien, el rey concede a los que deseen edificar (por poseer ya solares) barracas, es decir, chamizos provisionales, o determinados lugares donde puedan hacerlo, que para ello aprovechen los materiales de ese solar/cantera del que él mismo se está valiendo para edificar el muro.

Estas consideraciones, que tienen su apoyo en consideraciones geográficas, encuentran su primera base documental en 1286, cuando Jaime I dispone que las cañas de azúcar (cannamellis zuccariis) no paguen diezmo. Este privilegio significa dos cosas: la intención de favorecer el desarrollo del cultivo y que la cañamiel no daba lugar a una producción considerable, sino que sólo se venía plantando en huertos y jardines para chupar el zumo, actividad más propia de niños o de otros caprichosos. Si el cultivo hubiera tenido importancia, ningún monarca hubiera prescindido de cobrar impuestos por él. Pero este cultivo siguió siendo insignificante y hasta se extinguió en algún momento por heladas y otras causas. Al menos así lo mueve a pensar el hecho de que Jaime II encargue el 21 de diciembre de 1305 a Bartolomé Tallavia que le envíe de Sicilia simiente de caña de azúcar y un esclavo sarraceno maestro en esta planta. Pero sigue sin hablarse de aprovechamiento industrial porque la demanda no era muy grande y se satisfacía con las partidas que llegaban de Egipto y del mediterráneo oriental.

1383: Pero esa vía de suministro se corta cuando a mitad del XIV los turcos obstaculizan el comercio con Oriente, precisamente en un momento en el que la demanda de azúcar, cada vez más empleada en confitería y alimentación, aumenta de año en año. Por eso se apuran las posibilidades de obtener más azúcar en Occidente y en la huerta levantina no debió de costar mucho decidirse a ampliar los pequeños plantíos. Francisco Eximenis en 1383 ya atestigua alguna producción valenciana de azúcar y de otras drogas orientales.

1407: Pero es en 1407 cuando se retoma en serio el cultivo, cuando el consejo de la ciudad, para ennoblecer la ciudad, llamó al mestre sucrer Nicolás Santafé para que implantase la fabricación de azúcar, ya que la huerta era muy apta para el cultivo de la caña. En el documento del Manual de Consells descubierto por Roque Chabás es establece un contrato entre la ciudad y el mestre sucrer por el que, a cambio de una subvención no especificada, éste se comprometía a fijar su domicilio en la ciudad por algunos años y a conseguir el mejor azúcar del mundo.

Efectivamente, Nicolau cumplió su cometido, en el que más tarde le sucedería su hijo. Pero la huerta de Valencia de la que se habla en toda la documentación en ningún momento es la comarca de l’Horta, sino la Safor, con centro en Gandía. Del éxito de este cultivo nos podemos hacer una idea por una reclamación del Cabildo de la Catedral reclamando, ahora sí, el diezmo de la caña de azúcar. Señal indudable de la importancia que había adquirido su cultivo y explotación.

En el proceso de reclamación de este diezmo se aducen algunos datos históricos, que corroboran lo ya dicho: “hasta hace cuarenta ó cincuenta años solo se conocía la caña de azúcar en poca cantidad, pues lo mismo los cristianos que los moros la sembraban ó plantaban en sus huertos y jardines cerrados en pequeña cantidad para chupar los niños y otros que quisieran probarlos: pro pueris el aliis gustare volentibus. Pero desde hace uno, dos, tres, cinco, diez, quince y veinte años los labradores plantan en sus heredades caña de azúcar en grande cantidad y justamente en aquellas tierras, en que antes solían cosechar trigo y otros cereales, ahora por la gracia de Dios se da bien la dicha caña”.

La serie de pruebas testimoniales que se adjuntan al proceso vuelven a llevarnos lejos de l’Horta: se cultivaba en Cullera, en Oliva, en Xeresa y en Gandía, donde la cosecha era la más grande. El mismo Viciana habla del cultivo entre Gandía y Oliva, insistiendo, como tantos otros, en que el mejor sitio de cultivo es la Conca de la Safor. En diversas obras se hace un inventario y descripción de los aparejos necesarios para el cultivo. En Gandía se habla de 550 hombres, 220 acémilas, 40.000 quintales de leña, etc. Las tareas eran varias: descodar (deshilvanar), transportar, cortar, llevar a las piedras a trullar (embadurnar), prensar, poner en moldes, transportar a las cámaras de conservación, aprovechar las melazas (residuo de la cristalización del azúcar), etc.

De todos modos, en 1415 hay una cita del Archivo de la Corona de Aragón descubierta por Salicrú que todavía no está suficientemente comentada y en la que dice, simplemente, que el Bayle de Valencia  en nombre del rey había formado una compañía con Francesc Siurana y otros mercaderes con los que “havien comprat una alqueria i algunes possessions a l’horta de València i a la de Castelló per fer-les-hi plantar i conrear-les”. No podemos afirmar con la lectura de ese texto que se refiriera al poblado marítimo, pero tampoco podemos descartarlo. De todos modos, con esta producción, Valencia ya era, junto con Sicilia, la proveedora habitual de azúcar a Barcelona.

(Aquí podría insertarse el documento de Gutiérrez del Caño que extracto al final)

Esta organización proporciona resultados satisfactorios al menos hasta finales del siglo XVI. El famoso viajero Münzer visita Valencia en 1494 y se admira de ver cómo se cría en sus campos copiosísima caña de azúcar. El patrón de la fábrica de azúcar que visitó, “hombre honrado y digno de crédito”, le dijo que en las regiones de Valencia donde nacía la caña se producían anualmente seis mil cargas, esto es, diez mil centenarios nuremberguenses.

Y en 1510 es el francés Lalaing quien menciona aún el cultivo en un radio de cinco leguas alrededor de Valencia (de nuevo una velada alusión a la comarca de l’Horta) aunque el producto se refinaba en Gandía.

Pero ni siquiera llegados a este punto se nombra surge por ningún lado el nombre del Canyamelar aplicado a esta zona del Cabanyal. Tendremos que esperar al siglo XVIII, concretamente a 1762, para encontrar en el Archivo del Reino algunas alusiones tangenciales al Canyamelar Hablando de él, precisan que estaba “inmediato al Grao”, o en 1769 se pretende construir un horno en el “territorio de los cañamelares”.

Quizá la alusión más curiosa al Canyamelar sea la expresada en una escritura notarial de 1796 (tres meses después del incendio de las barracas del Cabanyal) según la cual Juan Bautista Alabau le deja a su sobrina Rosa Marrufench una dote de 124 libras. Lo que sorprende del caso es que al hablar del domicilio de Alabau se dice que era vecino del Canyamelar hallado en esta ciudad de Valencia, sin especificar más. Esta expresión de Canyamelar hallado quizá pueda considerarse como si en una determinada parcela de la partida hubieran brotado espontáneamente (o porque a alguien se le hubiera ocurrido plantarlas en plan de prueba), algunas cañas de azúcar.

Del siglo XVIII pasamos al XIX, durante el que Valencia ha atravesado serias dificultades con la seda, el naranjo, el cáñamo y el arroz. A finales de la década de 1870 se busca la solución en la caña de azúcar…. Según aduce Antonio López Gómez, citando la Gaceta Agrícola del Ministerio de Fomento, hacia 1874 se extendió con rapidez extraordinaria desde la Plana a Denia y con finalidad industrial, ya que se levantaron diversas fábricas y “ocupaba notable extensión entre Silla y Valencia”. Y a continuación el respetado profesor López Gómez vuelve a repetir la afirmación tradicional, para la que, lamentablemente, ni él ni nosotros hayamos podido encontrar confirmación documental: “seguramente al Este de la capital, puesto que en su Distrito Marítimo aún se mantiene el topónimo del “Canyamelar”.

De todos modos, la caña se encuentra en la región en su límite térmico. El frío invierno de 1877-78  y el siguiente ya representaron una adversidad notable. El cultivo en la región valenciana cesó con la misma rapidez que había surgido y las fábricas se cerraron.

El tema vuelve a salir a luz a principios del siglo XX de la mano de José Durán, un autor especializado en temas locales, que describe hechos contemplados por él mismo

Dice que hasta principios de siglo actual fue delicia de los chicos el chupar la caña de miel o caña de azúcar, conocida en Valencia con el nombre de “canyamel”, cuyo cultivo en las inmediaciones de la actual playa de la Malvarrosa, dio origen a la partida o poblado del Cañamelar, situado entre el Cabañal y el “Cap de Fransa”.

Solían venderla, dice, contados cacahueros de los que tenían puesto fijo; pero donde estaba vinculada su venta propia era en los solares de San Francisco, en el ángulo que formaba la calle del Sagrario de San Francisco con la calzada que unía la calle de la Sangre con la de las Barcas.

Aclarando más el tema, nos ofrece unos singulares datos de toponimia urbana: “campos productores de esta caña eran los que existían en la ahora Avenida de Ramón y Cajal, punto denominado “El Socós”, al final de la calle de Juan de Mena; en el huerto de Carmelitas Descalzas del Corpus Christi, en la calle de Guillem de Castro, esquina a la del Doctor Sanchis Bergón, y el que había en “El Llironer”, al que se iba por una senda que en la actualidad es la calle del Literato Gabriel Miró.

Parece ser que las conclusiones de este artículo no son demasiado nítidas. Atrevámonos a enunciarlas: 1) Probablemente, el nombre del Canyamelar tenga algo más que ver con la caña de azúcar que con el cultivo del cáñamo; 2) De ser así no puede afirmarse que tenga nada que ver con la actividad agrícola de los árabes, contradiciendo así al cronista Boix; 3) el nombre del Canyamelar parece nacer en el siglo XVIII, época en la que se dan indicios de urbanización, con la construcción de horno, ermita o algún puente en esta zona poblada por barracas dispersas.

Mi intención ha sido contribuir al esclarecimiento de las raíces del nombre del Canyamelar. Pero advirtiendo que todavía falta claridad, mi otra intención es invitar a los estudiosos a que colaboren en esta investigación y ayuden a fijar nuestro mapa toponímico.

Bibliografía:

José Pérez Vidal, José, La cultura de la caña de azúcar en el Levante español, CSIC, Inst. Miguel de Cervantes, Madrid, 1973.
Antonio López Gómez, “La caña de azúcar y las variaciones del clima valenciano”, en I Congreso de Historia del País Valenciano, vol. II, pp. 21-30
Francisco Almela y Vives, Ausias March y la producción azucarera valenciana, Valencia, 1959.
Jesús-Ernesto Martínez Ferrando, Jaime II de Aragón. Su vida familiar, Barcelona, 1948, II, doc. 33.
Roque Chabás, El Archivo, facsímil del tomo I editado en 1985 por el Ayuntamiento de Denia y el Instituto de Estudios Juan Gil Albert, pp. 43-44, 53-54, 59-61:
Carme Barceló, A. Labarta, “Azúcar, <<trapig>> y dos textos árabes valencianos”, en Sharq al-Andalus I, (1984), 55-70.
Münzer, en su Itinerarium Hispanicum (1494-1495), ed. de Ludwig Pfandl, en “Revue Hispanique”, XLVIII (1920), p. 25.
Martín de Viciana, Segunda parte de la Crónica de Valencia, ed. Valencia, 1881, pp. 25-26.
Roser Salicrú i Lluch, El tràfic de mercaderies a Barcelona segons els comptes de la lleuda de Mediona (febrer de 1434), I, CSIC (Milà i Fontanals), Barcelona, 1995, p. 189, nota 54. Cita ACA, Cancelleria, registre 2412, foli 120v, 2 septiembre1415 y Jacqueline Guiral, ˝Le sucre a Valence aux XVe. et XVIe. Siècles˝, dins Manger et boire au Moyen Âge. Actes du Colloque de Nice (15-17 octobre 1982), Niça, Publications de la Faculté des Lettres el Sciencies Humaines, 1984, vol. I, 119-129 y 361-373.
Bibliografía aducida por Antonio López Gómez: Navarro Soler, D., Gaceta Agrícola del Ministerio de Fomento, 1877, II, nº 4, pp. 497-499; III, nº 1, pp. 90-91; 1878, VI, nº 1, pp. 628-30; IX, nº 4, pp. 477-78 y 529-34.
José Durán, “Vendedores de ‘canyamèl’”, en Anales del Centro de cultura valenciana, 1945, pp. 151-52:
ARV, Bailia E, expediente 701

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Otro documento, que me fotocopio de la Universidad el 31 de mayo de 2005:

Título: Copia de la sentencia arbitral aprobada por el Sr, Rey Don Juan de Navarra el 8 de noviembre del año 1437, pronunciada por Juan Mercader, Bayle general del Reino de Valencia, y Juan Gastó, Dr. en Decretos, Canónigo de la Seo de esta misma ciudad; sobre pago de diezmos y Primicias de las cañas dulces y Azúcar que se cogiere.
Ut intus (¿alusión al texto que sigue a continuación?) (Cita del libro sobre Manuscritos de Gutiérrez del Caño, antes nº 2156 y hora 145/57:

Nos Johannes Dei Gratia Rex Navarra, viso publico… instrumento acto Valentie 26 die Augusti … 1437… continente tenorem qui sequitur:

Noverint universi quod nos, Joannes Mercaderii, Legum doctor… Baiulus, et Joannes Gastonis, in Decretis doctor.. viso compromisso  per manus Jacobi de Monteforti nottarii publici sub die 7º mensis Aprilis Anni 1434… en presencia de Dios y ante Francisco Daranda, consiliario de los Reyes, y el cartujo Donato, de Portacoeli… procedimus ad nostram sententiam.

(Voy a transcribir al pie de la letra casi toda la página 4: Attendentes enim quod divino precepto ac Lege Domini utriusque Testamenti, pagina confirmata, nec no jure positivo indubitatum vallata decime el primicia de cunctis omnino proventibus et terre fructibus el Laboribus sunt persolvende, retinuit eas (quidem) Deus quoniam Dominus est terra, et Universorum qui in ea habitant et qui nutrimentum dat fructibus  in signum universalis dominii tanquam patrimonium speciale et in tantum sunt debite ut nullus a solutione earum excusari valeat nec eas sine detrimento anima retinere primo ad solutionem earum potest unusquisque urgeri (et) quamque in dicta sententia regia pro parte non solvencium allegata reperiantur hec verba descripta de canamellis çucarii non detur decima, etc” (¿?). Quia tamen pristis temporibus quibus fuit Latta sententia illa dicti canamelli çucarii in villis, terris, et Locis praedictis, et etiam in aliis partibus Regni Valentia nondum in talem et tantam quantitatem seu copiam devenissent quod ex illis fructus seu usus çucarii proveniret (al margen: « perveniet ») maxime ad decime consideracionem immo in tam rarissima quantitate acciderat, quod vix reperiri poterat neque reperiebantur nisi alique quo pociuss in signum  quoddam propter rem in partibis istis fere incognitam….

“Al final del manuscrito pone: Registrada dicha sentencia en el libro infolio intitulado Diversorum Valentia 3º del Señor Rey Don Juan de Navarra custodido en el Archivo del Palacio del Real extra muros.
Y sigue: El cabildo eclesiástico tiene en su archivo en el armario titulado archivese (¿?) en el Lío señalado con la letra A baxo el núm. 15 un pergamino de dos palmos  i tres quartos de largo; 2 palmos i un quarto de ancho que contiene la aprobación o confirmación al parecer original expedida y firmada por el Sr Dn Juan Rei de Navarra, Lugarteniente General del Sr D Alfonso su hermano en Valencia en () de noviembre 1437 con un sello pendiente de un galoncito de seda colorada i amarilla del referido laudo o sentencia i se ha puesto copia en el proceso de (pregon de 1801 o 1800 ?) del Cabildo contra Joaquín Climent, Josef Fos, i demás cosecheros de caña dulce del distrito de Sueca  sobre pago del diezmo, f 14(¿?) a 158.

En la letra A, folio 16 hay otra sentencia de Alfonso III
En dicho pergamino después de las firmas de los consejeros puestas arriba se halla el siguiente:

Signum mei Bartholomei de Reus dictorum Dominorum Regum secretarii eorumque auctoritate notarii publici  per universas eorum dominationes  et terras que predicta scribi feci et clausi: constar autem de (¿rais?) et correctias  in linea 31 ubi legitur de volentat en 42 aut in 53 volun et in 64 dicto originari=In Diversorum locum tenentis 6º=Dominus Rex locum tenens mandavit mihi Bartholomeo de Reus et vidit eam Clemens de Vilanova Legum doctor consiliarius

El Cabanyal y los hijos de un mar difícil noviembre 5, 2008

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El Cabanyal es un genuino hijo de la mar. El mar no sólo le rodea sino que le penetra. Ya desde su nacimiento su piel es salobre y su relación con el mar es como la de hijo y hermano. Su carácter más genuino, su lenguaje y sus costumbres están penetrados y condicionados por ese mar cercano, blando y tumultuoso, fecundo y agresivo.

Primeras alusiones al Cabanyal y la pesca del bou

Los primeros pobladores del Cabanyal vivían junto a las murallas del Grau. Gente dispuesta a todo: a buscar trabajo de ocasión, a pescar con artes rudimentarias o a embarcarse en cualquier aventura. A ese Cabanyal lo vemos nombrado por primera vez el 4 de junio de 1422, a propósito de la construcción de un puente, situado “en lo cami que va al Cabanyal”, probablemente sobre la acequia del Rihuet.

La segunda alusión al Cabanyal se hace a propósito de las reglamentaciones establecidas por el Guardia del Grau, dependiente de la máxima autoridad de Valencia. El Justicia no debía entrometerse en las cuestiones de la playa del Grau, ni de las mercancías, ni en las barcas ni en lo que afecte a los pescadores del Cabanyal

Sobreviviendo a su aire, el auténtico impulso de nuestros pescadores lo proporcionó la pesca del bou. En el manuscrito de Güell ya consta que el año 1726 la practican los del Grau de Valencia no con ganguiles sino con dos barcos de pescar. En realidad, esta pesca anticipa ya la era preindustrial.

Los pescadores del bou, además de pescar, debían ponerse al servicio de la Armada real que debía sostener un inmenso imperio ultramarino.  Patiño y Ensenada, ministros de Felipe V, debieron atender al reclutamiento de la marinería estableciendo la matrícula de mar, es decir, un sistema de enrolamiento obligatorio, que exigía a la gente de mar la prestación del servicio naval en los barcos o en los arsenales, a cambio del monopolio del ejercicio de las actividades productivas relacionadas con el mar. Esa Ordenanza reglamentaba los derechos y deberes de los matriculados a cambio de su disponibilidad hasta el servicio hasta los 60 años. El matriculado era simplemente un soldado en la reserva, al servicio de los reales bajeles, que en su tiempo libre se dedicaba a la pesca.

¿Quién mejor preparado que un pescador para tripular los barcos de guerra?  Pero había un inconveniente: como la pesca del bou era tan efectiva no hacían falta demasiados pescadores para pescar todo lo que la ciudad necesitaba. De modo que muchos pescadores se quedaban en el paro y así la Armada no podía contar con tantos pescadores debidamente preparados para enrolarse en los bajeles reales.

Por eso se limitaba la pesca del bou, reglamentando las épocas en que se podía pescar, el tamaño de las mallas, etc.

El caso es que insensiblemente se va urbanizando toda la zona al norte del Grao, llegando a formarse algo parecido a un poblado agrupado en tres bloques, determinados por el curso de las acequias, que formaban el límite natural entre ellos: 1.- De Francisco Cubells (Riuet y Paseo de Colón) hasta la acequia d’en Gasch, Canyamelar. 2.- Desde esta acequia (av. Mediterráneo o también calle del Gobernador Moreno) hasta el Camino del Cabanyal (Pintor Ferrandis y acequia de los Ángeles o de Pixavaques), Cabanyal propiamente dicho), y 3.- De Pixavaques a la acequia de la Cadena, límite con Malva-rosa, el Cap de França.

Aclaremos que esa zona se llama Cap de França porque, al estar más hacia el Norte se vino a afianzar la costumbre de identifi­carla como la que estaba hacia Francia. Esta denominación se encuentra ya documentada al menos en 1806 aunque la zona fue la última en edificarse, pues el asentamiento de la pobla­ción avanzaba desde el Grao hasta la Malva-rosa.    Es aquí donde se produce el pavoroso

Incendio de las barracas en 1796

Esta zona ya estaba habitada pero de un modo desordenado, con escasa  reglamentación y con un plan urbanístico muy rudimentario. Sus habitantes se alojaban en viviendas que, más que barracas, podrían considerarse chamizos. A esa fragilidad le bastaba la pequeña chispa escapada de un fogón para transmitir el fuego a todas las barracas en las que predominaba la paja.

El 21 de febrero de 1796 soplaba tramontana, como parecen indicar la dirección y la intensidad de las llamas en el grabado que un improvisado y anónimo artista dibujó ese mismo día.

Los damnificados tuvieron que reemprender otra vez todos los trámites para conseguir una nueva vivienda en el solar de la que había quedado reducida a pavesas. Se conserva, por ejemplo, la instan­cia dirigida a la Baylia por el patrón Francisco Chofré, en la que explica que, además de la barraca, en el incendio fue consumida la escritura, de la que pide copia. Otras, que no fueron devastadas, tuvieron sin embargo que ser derruidas para hacer el papel de cortafuegos. Aunque no se quemó, después del incendio sólo quedó “el solar, con algunos vestigios de barraca”.

A raíz de este incendió las autoridades decidieron establecer algunas normas urbanísticas y constructivas. De entrada se suspende la licencia de obras a la espera de demarcar con más claridad las líneas de las calles, además de aprovechar para clarificar las escrituras de propiedad. Al Estado le corría cierta prisa, pues mientras no se edificara la zona no podría cobrar alquileres, pues como el terreno era suyo cobraba un canon de todas las viviendas.

Ahora se trataba de edificar casas de obra sólida y hacerlo de acuerdo a una línea trazada por los arquitectos del Real Patrimonio. En el proyecto intervinieron Vicente Gascó, el mismo arquitecto que proyectó el Camino del Grao o Avenida del Puerto, y Juan Bautista Lacorte.

Pero las condiciones sociológicas de los pescadores no permitieron aplicar a rajatabla estas normas, pues en varias ocasiones se consideró que “el suplicante” no tenía suficientes medios para edificar una casa, y se permitían excep­ciones. A mucha gente se le conceden 30 por 40 palmos para edificar, con la obligación de que su barraca guarde la línea, evitando así perjuicios y “hermoseando el aspecto público”. Sin embargo, no se les obliga a edificar con ladrillos, pues “sus posibles no alcanzan para obrar de material sólido”. Otra de las condiciones que les ponían era que no formaran “rellano” delante de la barraca, ni criaran “piteras u otra maleza que impida el transito y afee el aspecto público”.

Los intentos por racionalizar la construcción y el paisaje urbanístico del Cabanyal se redujeron prácticamente a requerir una licencia para reparar las barracas ya existentes, gravando progresivamente cada una de las tres primeras intervenciones. Hasta cien años más tarde se mantuvo el conflicto entre las dos ideas: por un lado, los partidarios de no permitir que las barracas se reparasen, pues si así se hacía iba a perdurar un sistema arquitectónico ya muy periclitado y, por otro lado, permitir simplemente su reparación, pues sustituir una barraca por una alquería era demasiado costoso para los bolsillos de los pescadores.

El caso es que las barracas que se siguieron construyendo tenían todos los números para sufrir el pavoroso incendio de mayo de 1875, como veremos.

La sorpresa de la nueva tierra

Junto con el incendio, otro fenómeno altera la vida del Cabanyal: casi de repente, el pueblo empieza a crecer. Pero no sólo en número de viviendas o de habitantes, sino en extensión real y física. En el Cabanyal, se empieza a ganar terreno al mar de una manera inopinada. A medida que avanza la construcción del muelle del puerto, iniciado en 1792, el mar se aleja cada día un poquito y en su lugar va naciendo una nueva tierra. En la costa de Valencia, el oleaje va de Norte a Sur, y arrastra los fondos marinos hacia Cullera, hasta que unos oleajes de signo contrario restablecen el equilibrio. Pero a este proceso se le opuso un muro de contención artificial: el muelle consti­tuía un freno para las arenas, que al chocar con él iban sedimen­tando lentamente. Todo este aterramiento fue elevando insensible­mente el nivel básico del terreno, y el agua que inundaba el Cabanyal durante los temporales y que prácticamente ya no le abandonaba durante el resto de la temporada, formando unos “balsots” algo pestilentes, iba siendo contenida por las arenas, y la franja costera cada día estaba más seca. Ante los sorprendi­dos ojos de los pescadores, se extendía una playa cada día más espaciosa, y que les proporcionó interesantes posibilidades.

La idea más obvia era aprovechar el terreno para edificar, y así lo entiende el Real Patrimonio, fiel al principio de que las tierras ganadas al mar pasaban a ser propiedad de la Corona. En unos diez años, ya se advierte la posibilidad de edificar una nueva línea de casas. El patrón Carlos Llorens presenta una instancia el 11 de junio de 1803, solicitando un solar, pues “en la partida del Cabañal hay un terreno sin dueño propio de Su Magestad, en el que desea el suplicante obtener estableci­miento para poder fabricar una casa de havita­ción y morada para vivir con su familia y tener sus ahinas”. Al igual que en todas las peticiones parecidas, se presenta en la playa el arquitecto de Obras Reales Juan Bautista Lacorte para verificar en cada caso la posibilidad de edificar.

Otros muchos se apresuran a pedir terreno para edificar su vivienda, exponiendo su estado de necesidad y las dificultades que tenían para pagar un reducido alquiler. Bartolome Gomes, por ejemplo, dice que se encuentra “cargado de obligaciones y está    muy incomodo en la barraca que vive que está pagando su arriendo y no tiene para colocar las Artes del Barco del palangre y como tiene a su rededor a su suegro y suegra que son pobres y de muy avanzada edad se encuentra bastante necesitado y no puede pagar el alquiler de la barraca”.

Sobre este tema aducimos aquí un texto de Bernad Morales San Martín, de quien luego volveremos a hablar. En su novela Fidelidad conyugal ya nota que “las dos barriadas de El Cabañal y el Cañamelar estaban edificadas sobre grandes extensiones de playa robadas al mar; y los marineros y pescadores construían sus casitas en fila frente al mar, conforme éste iba retirándose, como huyendo de las huertas, e iban acotando con cañizos y tablas trozos de playa que convertían en huertos y corralizas que rodeaban sus chozas, dejando el arroyo a la clemencia de Dios”.

Las casas dels bous

El retroceso del mar supuso un inconveniente bastante atípico. Las varias casas dels bous (pues cada amo de pareja o cada grupo tenía unos bueyes propios), que sólo tenían sentido si se encontraban en primera línea de la playa, se habían quedado postergadas. Al permitirse nuevas líneas de edificación, ahora las cuadras se encontraban en segunda o tercera línea, muy alejadas de su natural zona de trabajo. Por ello, el 4 de febrero de 1808, los patrones de la matrícula de mar, encabezados por Andrés Llorens, se quejan de que la obra del puerto “ha dejado mucha playa enjuta” y “tienen que transpor­tar y conducir por toda ella hasta sus casas o Barracas los arreos ahínas y demás que es propio del instituto de la Pesca de que viven”. Por eso solicitan se les permita “la construc­ción de Barracas en el terreno referido”

Adelantemos que, con el tiempo, al irse agrupando en sociedades pesqueras, prácticamente había una sola casa dels bous, en la manzana entre las calles Escalante y José Benlliure, lo que entonces era la calle de San Telmo. Desde ahí, a los bueyes les costaba mucho trabajo llegar hasta el agua, y eso no sólo representaba una incomodidad, sino un peligro real, porque la faena de los bueyes no se reducía a varar embarcaciones, sino también a salvar naúfragos, y en muchas ocasiones no pudieron llegar a tiempo del rescate. Además, se ocasionaban muchas molestias a los transeúntes. Por eso al final se edificaría una de las dos que quedan, al lado de la Lonja de Pescadores de Eugenia Viñes.

De esta época tenemos varios episodios relacionados con el contrabando, en el que prácticamente todo el pueblo estaba implicado. Después de la pesca, el contrabando era la segunda actividad de los habitantes del Cabanyal, y que contaba incluso con la connivencia -cuando no con la complicidad o la implicación directa- del alcalde pedáneo. Por ejemplo, el 16 de enero de 1833, las patrullas de vigilancia de los carabineros hacen la ronda por la orilla de la playa. Pero entre el frío, la humedad, las lagunas que se adentraban bastante adentro de la tierra y las acequias que se cruzaban en el camino, los carabine­ros lo pasaban bastante mal. Por eso le piden al alcalde que al menos construya algún puente sobre las acequias, para que su ronda les resultara más cómoda, pero el alcalde dice que eso no es cosa suya, pues “no tiene ni propios, ni arbitrio ni fondo alguno”.

La ermita y la iglesia de Nª Sª de los Angeles

En 1722, un discípulo de Tosca hizo el plano del Partido de Santo Tomas, en el que se incluye el Cabanyal. En el número 9 del recuadro explicativo señala a la “Ermita de Nuestra Señora de los Ángeles y cementerio, antiguamente a la mano derecha del camino del Cabanyal, bajando al mar”. Este precioso documento señala la antigüedad de la ermita, anterior a la del Rosario, aunque durante ese siglo XVIII creo que la ermita no sería muy importante y no estaría emplazada en el mismo solar que la actual. Y, más que para atender las necesidades de culto de los cabanyaleros, era una referencia religiosa para los vecinos de la capital que se acercaban al mar por ese camino.

Para añadir: Ver AMV,INSTRUMENTOS 1724,D-36. INCENDIO  CABANYAL: Se trata de un incendio de 11 barracas junto a la alquería que llaman del Capellá o de la Llanterna, frente del Mar y a vista también de la hermita de Ntra. Señora. de los Ángeles

Tendremos que esperar a 1791 para que Jose Fornés, Arquitecto de la Real Academia de San Carlos, por encargo de la Comunidad de Marineros matriculados delinee y construya desde sus cimientos “una Iglesia, con la invocación de Ntra. Sra. de los Ángeles, situada en dicha Partida del Cabañal, y en un campo propio de la referida Comunidad, cuya obra dio princi­pio en el año mil setecientos noventa y uno, y se finalizó en el de mil ochocientos siete, habiéndose invertido en ella, al poco más o menos la cantidad de treinta mil pesos, que percibí constantemente de los expresados Componentes de la referida Comunidad del Cabañal”.

Pero durante cinco años todavía eran atendidos por el Vicario del Canyamelar, Fray Vicente Añó. Hasta que el arzobispo Joaquín Company les proporciona un nuevo vicario, desligándoles del Rosario.

En realidad, ya hacía falta una nueva ermita, pues según el Padrón de 6 de febrero de 1814, el Cabanyal contaba con 1515 almas. La mayoría eran pescadores. Desde la Cadena hasta el puente de la ermita de los Angeles (Cap de França) había 494 almas; y desde el puente de la ermita hasta la acequia de Gas (Cabanyal) había 1.021 almas. En total, 1.501 adultos, 255 niños y 209 niñas.

Los marineros pensaban que con eso había motivo suficiente para reclamar una parroquia autónoma, pues la Parroquia del Rosario estaba bastante lejos, y, según el Director de la Comunidad de Patronos Andrés Llorens, los fieles marineros están perdiendo “aquel pasto espiritual que con urgencia necesitan los vecinos de una pobladísima Partida que yacen en la más crasa ignorancia aun de los primeros rudimentos de la Religión Santa que profesamos”.

Podemos deducir que esta ermita tuvo un funcionamiento algo precario, pues en 1850, se cerró al culto divino, aunque no por mucho tiempo. El Jurado del Gremio de Pescadores, el alcalde pedáneo del Partido de San Esteban y un Diputado Provincial, se presentaron en comisión  ante el Sr. Arzobispo D. Pablo García Abella, argumentándole la necesidad que tenían de la Misa y los Sacramentos. El Arzobispo les atendió, nombrando como Vicario a D. Ramón Rodríguez Lorca.

Inmediatamente, ya el 28 de abril de 1851 quedó abierta la Iglesia con categoría de Parroquia. Aunque todavía los entierros tenían lugar en el cementerio de la iglesia del Rosario. Ahí fueron reposando los restos de los cabanyaleros hasta que en 1867 una disposición del Gobierno dispuso que se construyeran los cementerios en las afueras de las ciudades.

Efectivamente, hasta 1867, los entierros se realizaban en las inmediaciones de la Parroquia del Rosario, pero ante las nuevas disposiciones del Gobierno, el Ayuntamiento de Pueblo Nuevo del Mar, ya independiente, como veremos, empieza la construcción del cementerio que todavía persiste en el camino del Cabanyal, en el que, en adelante, también se irían inhumando los feligreses del Rosario.

Adelantémonos a los acontecimientos unos cuantos años, para hablar del párroco de los Ángeles Juan Bautista Planelles Segura que, como tantos otros, merecería una reseña más extensa. El 20 de marzo de 1902 los Ángeles fue elevada a la categoría de “curato” siendo su primer párroco propiamente dicho el Cura Planelles.    La ceremonia de la toma de posesión se celebra el 10 de mayo y en esa ocasión fue acompañado por el cura del Rosario, Don Luis Navarro Oliver.

Del Cura Planelles no tenemos muchos datos, pero el recuerdo de algún anciano nos permite presentarlo como un cura extraordi­na­riamente digno de su vocación, y muy amigo del Padre Navarro. Alguna influencia debió ejercer para que los patronos de Marina Auxi­liante pensaran en dedicar su antigua Casa dels Bous a Cole­gio para niños (el Asi­let), regentado por Terciarias Franciscanas. Ahí, por 10 céntimos diarios, a los párvulos los tenían recogi­dos, les enseñaban algo y les daban un plato de comida, pan y fruta. Este sacerdote vivió la última parte de su vida en la calle Escalante 207, cuidado primero por su hermana y luego por su sobrina. Vivió con bastante intensidad y preocupación todo el conflicto ocasionado por las diferencias entre los patronos y los pescadores, es decir, entre Marina y Progreso. No sería extraño, como aseguran algunos, que este conflicto acelerara su muerte, acaecida hacia 1913.

Digamos también unas palabras sobre el faro de los Ángeles, instalado en una de sus dos torres, y que está descrito en el libro de Geografía de Carreras Candi:

En el extremo noroeste del Pueblo Nuevo del Mar, y a 583 metros de la orilla del mar; es catadióptrico, de sexto orden y está montado sobre una torre blanca y cuadrada, que pertene­ce a la Iglesia o Ermita de los Angeles, en la que, a 16’6 m. de altura sobre el nivel del mar, se enciende una luz fija, blanca, que alcanza a nueve millas de distancia, indicando no solamente la situación próxima del puerto de Valencia, sino la playa donde los pescadores acostumbran a varar sus embarcaciones”.

Los Ángeles ha estado siempre en el centro cordial de los habitantes del Cabanyal, que la consideran como una cosa muy suya, muy trenzada con sus vidas y sus vivencias más íntimas. Éste es un buen momento para hablar de pasada sobre un eminente escritor que nació en el Cabanyal en 1864 y que refleja en sus escritos la relación de los cabanyaleros con su iglesia de los Ángeles. Se trata de Bernad Morales Sanmartín, nacido en la calle de los Ángeles el 24 de abril de 1864. Este ilustre escritor cabanyalero, que llegó a ser miembro correspondiente de las Real Academia Española de la Lengua, es autor de unas deliciosas novelas costumbristas, de gran calado, con la particularidad de que la acción de casi todas ellas transcurre en el Cabanyal. Voy a destacar entre todas Tierra Levantina, La Rulla y Cadireta d’or. Estas novelas son difíciles de encontrar, pero se está abriendo camino la idea de publicarlas nuevamente, concediéndole a su autor el lugar que nunca debió perder y dándonos a todos la oportunidad de disfrutar con su obra. Ahora voy a limitarme a transcribir algunos párrafos sacados de otra de sus novelas: Fidelidad conyugal. Esta deliciosa novela, cuya acción transcurre en 1915, trata una historia mil veces vivida en el Cabanyal: un naufragio y sus consecuencias. En este caso se trata del naufragio en las costas de Cardiff del vapor Levantino, que llevaba a bordo a dos gemelos, Román como capitán y Ramón como piloto. Román estaba recién casado con Fidela y la novela narra las aflicciones de la viuda y la madre, Batista, y el consuelo que encuentran en la Virgen de los Ángeles.

(Digamos que esta imagen de la Virgen de los Ángeles probablemente fuera la que se esculpió en 1885, siendo Vicario el Padre Francisco Requena, a expensas de la Cofradía de Nuestra Señora de los Ángeles, que asimismo sufragó unas andas en oro y plata. Más tarde, en 1909, un grupo de cofrades adquirió otra imagen de la misma Virgen, con el objeto de tenerla en casa durante el año los clavarios y luego llevarla en procesión. El cura era Juan Bautista Planelles, y los nombres de los cofrades son éstos: Francisco Nicolau, José Gómez, Manuel Ibáñez y Andrés Ballester, que fueron recogiendo el dinero para la imagen a base de limosnas entre los feligreses).

Una vez recibida la noticia del naufragio, “Batista y Fidela, sencillas creyentes, mandaron decir misas y cantar suntuoso funeral por las almas de Román y de Ramón, sus inolvidables náufragos, y asistieron a aquellos actos rigurosamente enlutadas. Pero, alterando las costumbres patriarcales de El Cabañal, el Rosario de difuntos, que durante ocho días rezan en sus propias casas aquellas ingenuas gentes marineras, asistidas por todo el vecindario, parientes y amigos, se rezó en la Iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, la Virgen Patrona de toda la marinería cabañalera”.

“Fidela era muy devota de la Virgen de los Ángeles y el día de la Purificación acudió a la misa de alba, pero no quiso acudir a la misa mayor, a la vista de toda la gente, porque le evocaba recuerdos demasiado dolorosos. “Celebrábase aquel día la fiesta solemne de la Purificación de la Virgen María, y más que nunca quiso que no la vieran las gentes en la misa Mayor, en la que con vistoso ritual, profusas nubes, graves cantos litúrgicos y escandalosos trompetazos de órgano, se hacía al fin de aquella el tradicional reparto de las candelillas de todos colores y vistosamente adornadas, a los fieles en el presbiterio y por mano del señor cura.”

“¿Cómo asistir a aquella fiesta, soñada con muchos días y semanas de anticipación por todos los arrapiezos y mocosillos de El Cabañal que se disputaban la candelilla roja, la verde, la amarilla o la blanca, en el presbiterio a empujones y codazo limpio, si Fidela recordaba que Román, siendo aún un niño, y mucho antes de hablarle de amores, lograba atrapar la más grande y más linda candelilla para ofrecérsela a ella, encendido como la grana y balbuceando palabras de ingenua y torpe cortesía que apenas lograban salir de sus labios?”

“Luego, aquellas candelillas las guardaba Fidela, como un tesoro que nunca vió nadie, en el fondo de su arca de doncella, y por el número de ellas contaba los años há que Román tenía por la pobre huérfana aquella delicada y perseverante preferencia. No le faltó ningún año, día de la Candelaria, a Fidela su candelita bendecida y adornada con tiras de papel dorado, que le entregaba el mozuelo con trémula mano y ruboroso como una doncellita”.

No falta el recuerdo para el emblemático faro, guía luminosa de tantos marineros y pescadores: “Fidela, al salir a la plaza de la iglesia tropezó con los hondos carriles que las ruedas de los carruajes dejaban en las masas de arena y ahogó un grito. Apoyóse en un joven olivo que nacía de un montículo de arcilla cuidadosamente enjalbegado, junto a una acera, y cuando le pasó el susto levantó los ojos y contempló a través de las lágrimas el faro que desde una de las dos torres de la iglesia indicaba a los navegantes la proximidad del huerto de Valencia y a los pescadores la de la playa de El Cabañal”.

“Aquel ojo luminoso, decíale su Román, hacía estremecerse de júbilo el corazón del joven marino cuando al entrar en el golfo valenciano le indicaba que allí, bajo su luz, dormían esperándole, soñando con él y con su feliz vuelta, las dos mujeres que amaba y que le amaban: su madre y su Fidela… y la enlutada mujer quedóse en el centro de la playa, deslumbrada, contemplando el foco de luz que hacía palidecer la de las estrellas”.

“¡Ya no haría latir aquel foco el corazón de Román!”

Pero la novela toma una deriva sorprendente: unos pescadores ingleses habían logrado rescatar a Román, que escribe a Fidela contándole la odisea y anunciando su llegada, una vez restablecido. Fidela cree morir de felicidad y no deja de dar gracias a la Virgen, rezando todas las noches en su casa un rosario de gracias, al que acudía toda la vecindad. Y “cuando Román llegara se diría en la iglesia de la Virgen de los Ángeles una misa solemne, a la cual asistiría ella descalza, a la que invitarían a todo el pueblo; y descalza subiría Fidela con Román la montaña de Cullera para dar gracias a aquella otra virgen morena, “amparo y consuelo también de los pescadores y marinos del golfo de Valencia”.

La independencia del Poble Nou de la Mar

Después de varios intentos, las reformas políticas, derivadas de la Constitución de Cádiz de 1812, le permitieron al Cabanyal (Canyamelar, Cabanyal y Cap de França) llamado durante 63 años Poble Nou de la Mar, alcanzar la plena autonomía municipal. La nueva Constitución fomentaba la independencia de los municipios, creando Ayuntamientos en todas las localidades de 1.000 almas en adelante. El liberalismo creía que la multiplicación de los ayuntamientos fomentaría la participación del ciudadano en el gobierno, porque los consideraban “el primer cimiento del gobierno interior de la nación, en que se apoyan y de donde parten todas las funciones gubernativas hasta elevarse a la autoridad suprema”.

La época de su independencia, Poble Nou de la Mar tuvo un desarrollo muy fecundo, influenciado muy marcadamente por el crecimiento de la playa en los terrenos ganados al mar.

La repercusión urbanística más visible fue la posibilidad de edificar una nueva calle, que sustituiría  a la calle Mayor: la calle de la Reina (por Isabel II), concebida como una obra de gran envergadura, de acuerdo con modernos criterios urbanísticos. Prácticamente se concibió como una zona de alto standing, y en ella levantaron sus viviendas destacadas personalidades de Valencia y del mismo Poble Nou de la Mar.

Dado el carácter de este artículo, limitémonos a ofrecer en conclusión sólo algunos detalles de este período: el incendio de 1875, la Marina Auxiliante, la anexión en 1897 y El Progreso Pescador.

El incendio de 1875

Un nuevo zarpazo vuelve a rasgar la vida del Cabanyal el 30 de mayo de 1875. No sabemos si un niño jugaba con fuego, si a una mujer se le escapó una tea o si un hombre apagó mal su cigarro. Lo cierto es que de la calle San Roque 24 se propagó un fuego que fue extendiéndose como un abanico hacia el mar. Como un terrible dragón, el fuego se fue alimentando de todas las barracas, empezando por los techos de paja y siguiendo por todos los enseres domésticos: sillas, camas, armarios, mesas y cuadros iban siendo devorados por la incontenible lengua roja agitada por el viento. El fuego dejaba al descubierto los “buques” de las barracas, de tronco de morera, para hundirlos después estrepitosamente, entre el humo de las pavesas y el acre olor a ceniza.

El número de barracas incendiadas ascendió a 250; práctica­mente el 75% de la barriada. Y si no se incendiaron más fue debido al denodado esfuerzo y a la desesperada imaginación de los marine­ros, que recurrieron a los bueyes de la calle San Telmo, o a los de Félix Lacomba, para evitar la completa propagación del incendio. Atando las cuerdas que encontraban a las barracas que todavía estaban intactas o que estaban al límite de ser devoradas por la horrenda falla, ataron el otro extremo a los bueyes, que, azuzados por los boueros, las hacían caer en medio de la hoguera, evitando que las llamas prendieran en las pocas barracas vecinas que se salvaron.

El gobernador, Antonio de Candalija, la Real Sociedad Económica de Amigos del País y el Marqués de Campo colaboran decisivamente en la formación de la “Junta de Socorros para remediar las desgra­cias ocurridas con motivo del incendio que tuvo lugar en este pueblo en 30 de Mayo de 1875”. Quien preside la comisión es el Padre Luis Navarro.
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La manzana comprendida entre las calles de San Nicolás (Padre Luis Navarro), Buenaguía (Barraca), y las trave­sías de la Marina y de Campos (que ahora se llama de Vicente Guillot, “el tio Bola”) era la que se encontra­ba en el centro de la vorágine. Todavía hoy algunos conocen como las casitas de Campo ese bloque que en su conjunto tiene forma de barraca, aunque tenga tejado de obra y haya ido modernizándose en su interior.

Las sociedades pesqueras

Marina Auxiliante tiene antecedentes que le vienen de lejos. El mar, además de peligroso por naturaleza, es escena­rio de muchas batallas. Los que viven de él han debido estar siempre pendientes de defender la costa, tanto de los moros como de los corsarios o de cualquier enemigo que considera los puertos como objetivo estratégico de primer orden. Por ello, en las Ordenanzas de Carlos IV, fechadas en 1802, se da por sentado que todo el que surca los mares está práctica­mente al servicio de Su Majestad. A cambio, les otorga la fundación del Gremio de Mareantes en el que puedan “establecer un fondo que, manejado por los individuos que el mismo gremio eligiere, tenga una útil inversión en beneficio y socorro de los matriculados indigentes”. Y, como un estímulo, se les concede el privilegio de la pesca y el de venderla con toda libertad.

Este sistema organizativo perdura hasta 1864. En ese año, una Real Orden extingue los gremios, y los marineros deben pensar rápidamente en otro modelo alternativo de organización. El mismo año de 1864, 16 hombres y dos mujeres del Cabanyal fundaron la sociedad llamada “Marina”. Y todavía reflejan en sus Estatutos que “semanalmente abonarán a la sociedad el precio o retribución de costumbre, exigido hasta la extinción del Gremio de pescadores y mareantes del Cabanyal”.

Esta sociedad “Marina” compra la cuadra o antigua Casa dels Bous del extinguido Gremio de pescadores de la matrícula del Cabanyal, emplazada en la calle San Telmo, 75 -es decir, la esquina de manzana que va desde José Benlliure 201 a Escalante 232-.

Paralelamente, Vicente Viñes se mete en el mismo negocio, fundando otra sociedad, con los mismos fines que la anterior: protegerse y colaborar mutua­mente ante las dificultades y peligros del mar y botar y varar naves con bueyes: Su nombre será “La Protecto­ra”. Entre los socios, apellidos ilustres del Cabanyal: Simón Cases, Francisco Garcia Tormos, futuro alcalde y fundador de la saga de los Parrantes, Ramón Palau, Juan Bautista Serra Cano, Vicente Serra Cubells o Peregrín Cerveró Domingo.

Es muy significativo el modo que esta sociedad tenía de realizar préstamos, que siempre estaban basados en las circuns­tancias personales y posibilidades del deudor. Por ejemplo, a Cayetana Albors y Marqués, viuda del alcalde Nicolás Fosati Gimeno, le prestan 2000 reales “al interés de la media parte que gane un marinero tripulante de la barca de bou denominada de San Nicolás mientras se dediquen a la pesca de bou; y una cuarta parte si se empleara el barco haciendo viajes de tráfico; cuyo interés lo satisfará mientras dure la pesquera. Además, se obliga a valerse de los bueyes de los expresados Garcia, Viñes, Cases y Palau para varar y botar dicho barco”.

El caso es que, en 1866, los componentes de La Marina y de La Protectora llegan al acuerdo de disolver sus sociedades y de fundar una nueva que recoja el nombre de las dos: Marina Protectora.

La nueva sociedad poseía para su servicio 22 bueyes, un caballo, carre­tas, carro y aparejos. Y para cuidar la imparcialidad y buena administración se irán turnando en la dirección de la empresa los directores de cada una de las sociedades. La fuerza de esta sociedad es decisiva en todos los órdenes de la vida del Cabanyal, que giraba a su alrededor: alcaldes o concejales fueron Fosati, Cerveró, Isach, Garcia Tormos, los hermanos Ferrer Rams, Pascual Gimeno, Viñes, Bru, Lacomba o Rubio Tarazona. Su influencia se ampliaba a través de conexiones familiares y todo el tejido social estaba impregnado por el aliento del mar.

Estos empresarios de la pesca reconvertidos en políticos locales con resabios caciquiles llevaban un tren de vida que les distinguía del resto de sus conciudadanos. Sabemos, por ejemplo, que Felipe Bru Picó usaba paletón, y que tenía una levita y un sombrero de copa. Y en las dotes de sus hijas se incluían mantillas, sacos de glasé, pañuelos de lana y seda, nueve vestidos, ocho enaguas, doce camisas, ocho pantalones de señora, un corsé, cuatro peinadores, botitos, bufandas, refajo, sábanas, fundas de almohada, cubreca­mas, mantelería, manteles, toallas y delantales.

Marina Auxiliante

Todos los ensayos para formar sociedades de pesca cuajaron el 23 de noviembre de 1874 en la fundación de la sociedad Marina Auxiliante, que ha pervivido hasta mediados del siglo XX, y de la que todavía se conservan sus edificios sociales: la Casa dels Bous y la Lonja del pescado (el edificio más emblemático del Cabanyal), en la calle Eugenia Viñes.

Al principio del siglo XX, esta sociedad se verá afectada por la competencia de El Progreso Pescador”, sociedad de carácter republicano de la que hablaremos un poquito después de hablar de la anexión de Poble Nou de la Mar a Valencia.

La anexión

La vida seguía su marcha, pero con el final del siglo XIX iba a cambiar de ritmo. En Marina Auxi­liante seguían dedicados a sus tareas de pesquera; el Padre Luis Navarro seguía organi­zando los jueves eucarísticos en colaboración con Eugenia Viñes mientras los feligreses del Rosario, de los Ángeles y de Santa María del Mar acudían el 27 de noviembre de 1893 con sus estan­dartes, sus imágenes y su música al Congreso Eucarístico. El alcalde Cayetano Albert inicia el expediente del alcantarillado y vigila las condiciones sanitarias de la población, proce­diendo al desecamiento de los charcos que pudieran ser causa de focos infecciosos. La entrada en el siglo XX iba a traer muchas novedades. Para el Pueblo Nuevo del Mar, la princi­pal iba a ser la pérdida de su independencia y la incorporación de su Ayunta­miento, a todos los efectos, al munici­pio de Valencia. Era el verano de 1897.

La anexión estaba cantada. La historia de Pueblo Nuevo del Mar es la historia de un voluntarismo impotente. Pero si la independencia municipal sirvió para configurar y personalizar a un pueblo no iba a ser el instrumento más adecuado para la etapa posterior. Al menos no respondía a las expectativas que la gran ciudad tenía sobre la configuración de su futuro.

La política expansiva de la capital era muy fuerte, respondiendo a un modelo ideológico de ciudad engrandecida, dispuesta a no permitir más conflictos con municipios del entorno y deseosa de someter a sus intereses inmobiliarios y urbanísticos los terrenos prácticamente vírgenes de los municipios de alrededor. Por otra parte, no hay que olvidar el factor de prestigio “nacional” para la burguesía valenciana, que suponía habitar una gran ciudad o metrópoli de un tamaño semejante al de otras capitales del Estado.

El reflejo de esta incorporación al Ayuntamiento de Valencia lo encontramos de nuevo en las Actas. El 7 de junio de 1897 “el secretario dio lectura del Real Decreto de 1º del actual inserto en la Gaceta del día 2, por el que se dispone la agregación de este municipio al de Valencia”.

Con esto estamos prácticamente en el siglo XX, siglo de grandes convulsiones. Entre ellas, la que afectará a las sociedades pesqueras del Cabanyal.

El Progreso Pescador

A todo lo largo de la playa, desde el Riuet hasta la Cadena, se extendía el campamento de los pescadores, herederos de aquellos que desde los tiempos de Jaime I eran dueños y señores del mar y la playa. En Octubre empezaba el trasiego: las barcas del bou, arrastradas por los berrendos bueyes, de brillan­te piel de terciopelo, se metían en el mar en busca de su alimento cotidiano y, una vez capturado, varaban en la playa ofreciendo un pintoresco espectáculo. Claro que los pescadores no veían la pesca con los ojos del turista o del pintor, sino que la sufrían como un tormento. El mar era generoso, pero también cruel.

Los patronos estaban organizados alrededor de la Marina Auxiliante, entidad que poseía la Casa dels Bous,

en la esquina de Travesía de Pescadores con Eugenia Viñes. Aunque no nadaban en la abundancia, los patronos tenían una posición algo más sólida que los simples pescadores, que apenas podían sobrevivir con la parte que tenían asignada, y paulatinamente nació en ellos la idea de independizarse de los patronos y montar una sociedad pesquera propia. Sus familias vivían al día, en casas realmente sencillas, comida elemental y ropa indispensable, mil veces recosida. Nada digamos de la familia que tenía la desgracia de perder al padre en una tempestad.

Al blasquismo no le fue difícil advertir motivos de descon­tento entre los pescadores. A partir de 1903 El Pueblo va dando cabida en sus páginas a todas las protestas y reivindicaciones obreras, extendiendo con ello la problemática a todo el ámbito de la ciudad y preparando el terreno para sus actuaciones en favor de los pescadores.

La lucha  entre los patronos y pescadores se engarzaba con la que en el puerto llevaban los estibadores contra los armadores. En la playa, los pescadores planteaban un menor porcentaje del patrono en las ganancias y una rebaja en el precio por el arrastre de los bueyes. Ante esto, los patronos contratan tripulantes venidos de fuera y los pescadores responden con una larga huelga. Pero ésta no podía arreglarlo todo. Así que, en un primer ensayo, “los huelguistas se asociaron y con los recursos que buscaron tripularon también dos parejas”.

Los pescadores aprenden que la lucha no han de darla sólo en la arena de la playa, sino sobre las moquetas de los despachos, hasta que    el Ingeniero Jefe de la 3ª Demarcación de Costas del Ministerio de Obras Públicas tiene que conciliar los intereses de Marina Auxiliante y del naciente Progreso Pescador, concediendo a Marina el espacio entre Gas y los Ángeles y al Progreso el espacio existente entre los Ángeles y la Cadena.

Para ordenar la playa, el primer paso es conceder a Marina Auxiliante la Lonja del pescado. A su alrededor se construirán 40 departamentos o casetas de dos pisos, o sea en número igual al de asociados, instalándose en la planta baja el teñidor de redes y en el principal los demás anejos de las embarcacio­nes y de la industria.

Y los pescadores siguen buscando soluciones por su cuenta: tras unos meses de preparación, en septiembre de 1904 pueden lanzarse a la mar nada menos que 35 parejas, capaces de hacer la competencia a los patronos. Se nota que están entusiasmados y van ocupando, palmo a palmo, el terreno de los patronos. Comercializan el pescado directamente sacándolo a tierra antes que la flota de los patronos. Para ello contaban también con un eficaz sistema de palomas mensajeras.

No tardará en construirse la “Casa dels Bous” del Progreso Pescador y su respectiva Lonja del pescado, que harán la competencia a las de Marina Auxiliante.

Estas dos sociedades coexistieron hasta después de la guerra civil, para finalmente fusionarse en la Cofradía del Puerto.

Antonio Sanchis, Valencia, marzo de 2007

Un Cabanyal Vitalista. Podría ser un futuro prometedor noviembre 5, 2008

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El Cabanyal es mucho más que un barrio. Podríamos considerarlo más bien como un pueblo. Y desde luego un pueblo precioso. Pocos barrios o pueblos tendrán una vitalidad tan fuerte y colorista, tanta unidad arquitectónica y tan adecuada a sus costumbres, tanta simbiosis con su entorno, una vida asociativa más desarrollada (tanto de fallas como de movimientos vecinales, musicales, culturales, de ocio, de arte…), con más elementos considerados por el Ministerio de Cultura como B.I.C (Bien de Interés Cultural) y, sobre todo, una población más consciente de pertenecer a un pueblo de características singulares y más orgullosa de su historia, que se precian de conocer muy bien, y que no cesan de estimularse en su progresivo conocimiento.

Uno sigue sin explicarse a santo de qué se le ha ocurrido a algún urbanista partirlo por el medio. La macro idea de conectar Valencia con el mar ya está desfasada. Y también se debilita a pasos agigantados la idea de que Valencia le da la espalda al mar. Basta mirar la aglomeración tan tremenda que se da en el Paseo Marítimo, incluso en el invierno. Basta mirar el constante crecimiento del puerto, incluso desmesurado. No. Valencia no le da la espalda al mar. Más bien habría que decir que le da la espalda a los pueblos del mar, que le da la espalda a Nazaret y al Cabanyal, poblados sin los que Valencia no hubiera sobrevivido a lo largo de su historia.

Sin hablar de la deuda que Valencia tiene con el Cabanyal, bastaría con que Valencia fuera justa con él.

Hay una idea demagógica que se ha repetido mucho y que se ha alimentado en distintos medios de comunicación: el Cabanyal está degradado y sólo podrá rehabilitarse si se le practica una operación quirúrgica. Pero eso no es cierto. Las pequeñas bolsas de degradación  que tiene el Cabanyal tienen un remedio, y desde luego ese remedio no le vendrá dado por la prolongación de la avenida de Blasco Ibáñez.

Porque hay dos maneras de entender el urbanismo: a favor de los especuladores o a favor del pueblo; resolver los problemas o darles un rodeo. No resulta difícil concluir que la prolongación del Cabanyal no significa rehabilitación, no significa mejora, no significa ampliar servicios. Ni colegios, ni zonas de ocio, ni zonas verdes, ni eliminación de las bolsas decaídas. No. La prolongación ni habla ni piensa nada de eso. Porque la prolongación no tiene la mente puesta en resolver los problemas del Cabanyal, sino en resolver un problema ficticio, un problema de geometría, en hacer sobre el plano una línea recta más larga.

Otra cosa sería que el urbanista se sentara a la mesa con la cabeza bullendo de ideas para resolver los problemas del pueblo. ¿Cómo resolver la degradación, cómo resolver la falta de zonas verdes, cómo embellecer los edificios que se han dejado abandonados, cómo resolver problemas de ocupación ilegal de muchas viviendas, con los conflictos convivenciales que eso provoca, etc?

A partir de ahí el pueblo ya colaboraría. Con esas premisas ya sería fácil que el pueblo y las autoridades y los teóricos del urbanismo ya se pusieran de acuerdo. ¿Tanto cuesta imaginarse un Cabanyal digno, un Cabanyal rehabilitado? La cantidad de fotógrafos que después de la celebración de la campaña de un Cabanyal de puertas abiertas se han visto por el barrio fotografiando las peculiares riquezas arquitectónicas son indicio de estas ideas. Pero no eran sólo los aficionados: han sido un Nobel como Dario Fo, un maestro de urbanistas como Solá Morales que ha inspeccionado personalmente la zona y ha considerado la prolongación como una agresión a la gente y a la historia, han sido muchos arquitectos de prestigio, ha sido la Universidad de Valencia y, sobre todo, los dinámicos alumnos de Bellas Artes. No cuesta nada pensar en un Cabanyal que podría consolidarse como zona privilegiada pues tiene los suficientes mimbres para ello. No cuesta nada pensar en un Cabanyal en el que vivir resultara un privilegio, pues cuenta no sólo con sus gentes sino con una trama sostenible, una trama a la medida de las personas, con espacios para la convivencia, con calles peatonales, con una trama urbanística que muchos urbanistas modernos desearían implantar frente a un colosalismo improductivo y desfasado. Vivir en un Cabanyal rehabilitado, de acuerdo con las necesidades y el sentir de la gente, podría ser una delicia. No cuesta nada imaginarse un Cabanyal rehabilitado, con unas construcciones que guarden cierta uniformidad y fidelidad a su pasado. No cuesta mucho imaginarse un Cabanyal convertido, por obra y gracia de una inteligente y poco costosa rehabilitación, en una zona residencial. El reto que lanzo es el siguiente: que se abra un concurso de ideas sobre un Cabanyal nuevo, bonito y fiel a su pasado. Si un concurso de este estilo se tomara en serio, el resultado podría generar mucha ilusión y ofrecer buenas perspectivas tanto a los vecinos del Cabanyal como a la propia ciudad.

Desde la época de la transición ya los diversos gobiernos han apoyado la idea conservacionista –no conservadora- sobre el Cabanyal. No ha sido idea caprichosa de los “iletrados” vecinos del Cabanyal, sino de los gobiernos de la UCD y del PSOE, que declararon ilegal cualquier intervención urbanística en el Cabanyal que desfigurara la unidad de su trama original. Eso es lo que el equipo de gobierno municipal se ha saltado a la torera. Y no sirve la excusa de que todavía no han concluído la agresión. Porque desde luego ya se han gastado muchos de nuestros millones poniendo las bases para perpetrarla,. Y aunque se han salvado de la quema judicial está claro el veredicto del juicio popular.

Es ahora un buen momento para que las fuerzas políticas partidarias de prolongar el paseo al mar lanzando las excavadoras por medio del poblado demuestren cierta sensibilidad política y sean capaces de rectificar. Es el momento de deshacer una penosa impresión: la gente del Cabanyal piensa que el Ayuntamiento le chantajea. Los términos del chantaje serían éstos: si no queréis prolongación, tampoco tendréis rehabilitación. Ante esta desalentadora perspectiva no es de extrañar que mucha gente “se conforme” con la prolongación, con la resignación de los vencidos. ¿No sería capaz el Ayuntamiento de deshacer este nudo gordiano? ¿No sería capaz el Ayuntamiento de mostrar cierta grandeza de miras? ¿No sería capaz el Ayuntamiento de rectificar, como los sabios, y en lugar de una propuesta traumática como la prevista elabore un proyecto que parta de las necesidades del pueblo en lugar de partirlo por el medio? No sirve la propuesta de Miguel Dominguez ni del presunto cabanyalero Francisco Lledó, que siguen inventándose propuestas fantasmas, propias de un estudiante de arquitectura a quien hayan dejado castigado en el pasillo durante las clases de urbanismo. No sirve ampliar la zona protegida si el núcleo fundamental no se respeta y se deshace el bloque unitario del Cabanyal.

Antonio Sanchis : “La barca de los deseos es un aldabonazo más para que los que mandan escuchen los sentimientos de los valencianos” mayo 11, 2007

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Entrevista realizada por Borja Coquillat. antonio sanchis

 

Antonio Sanchis está considerado como el cronista de los Poblados Marítimos. Además de una intensa actividad en movimientos asociativos de la ciudad de Valencia, ha dedicado años de estudio de la tradición y la historia valenciana que han sido plasmados en libros como “Historia del Grau” o “Historia del Cabanyal, Poble Nou de la Mar”. En la actualidad forma parte del equipo de “acció i reflexió “, organizador de un evento que de los dias 5 al 12 de mayo de 2007 ha recorrido las calles de Valencia ha recorrido las calles de Valencia buscando la participación activa de sus ciudadanos, y que es conocido como “la barca de los deseos”.

Conociendo su activa implicación en los movimientos asociativos de los Poblados Marítimos de la ciudad de Valencia ¿cómo ve su situación actualmente?.

La veo complicada. Parece ser que tanto Malvarrosa como Cabanyal y Grau son una fruta muy apetecible y la especulación va a intentar hincarles el diente sea como sea. Si es necesario cargarse un entorno o un barrio protegido, se hace, utilizando cualquier excusa, ya sea la limpieza de los barrios deteriorados o simplemente aplicar cirugía . En lugar de curar el mal, lo que hacen es cortar por lo sano. Si echan a la gente que vive en toda la zona que está degradándose en la Malvarrosa, es fácil adivinar que aquello puede convertirse en un emporio. Malvarrosa está entre la zona de ocio y la zona cultural más importantes de Valencia y no interesa que sea un barrio degradado porque no es algo vendible y los especuladores intentan obligar a los vecinos a marcharse de la zona donde han vivido toda la vida. Creo que se puede solucionar de una forma más ordenada y sin necesidad de explotar a los vecinos. Además esto también puede suceder con el propio Cabanyal y otras zonas marítimas. Esta situación me parece propia de un expolio y es realmente infame.

¿Qué asociaciones llevan la voz cantante en la defensa de los Poblados Marítimos?

Fundamentalmente Salvem El Cabanyal, es la que se ha metido en profundidad con el problema más directo y agresivo que es la prolongación del paseo de la Avenida Blasco Ibáñez. Es una plataforma que se ha montado específicamente para este asunto y es la que quiere salvar las 1651 viviendas protegidas. En el Cabanyal la gente mayor dice que ni la riada ni Franco pudieron con ellos y ahora se plantan no queriendo marcharse de sus casas. Salvem el Cabanyal desarrolla una labor constante y diaria e incluso la semana pasada organizaron una conferencia con el escritor y académico José Luís Sampedro en la Universidad de Valencia que tuvo mucho éxito y donde el escritor defendió lo que es el Cabanyal, su gente y su tradición. En Malvarrosa en cambio, hay una mesa por la solidaridad, y diferentes asociaciones de vecinos que quieren hacer frente a un problema que todavía no les ha afectado de forma tan virulenta como en el caso del Cabanyal.

¿Cree que es beneficiosa la celebración de la Copa América para Valencia?

Esta competición me resultó una farsa desde el principio y nunca he querido meterme en ella con profundidad. Es un deporte de élite y que ni siquiera les puede interesar a las gentes del mar, tan solo a los nuevos ricos. Se han comido de manera infame la Zona de Actuación Logística y hacen crecer el puerto de una manera desaforada en Valencia por razones económicas en lugar de extenderlo como seria lógico a Sagunto o a Cullera. Por no perder ni un céntimo de euro quieren todo el ocio y el puerto en Valencia.

Paradójicamente Valencia es considerada como una ciudad que nunca ha mirado al mar, aunque parece que la situación está cambiando ¿qué opina de esto?.

No creo que sea verdad. La gente que yo conozco de Malvarrosa y el Cabanyal disfruta mucho del mar. Pero una cosa es el mar y otra el puerto. El mar nunca ha sido algo cercano a la gente, la salida de Valencia por mar siempre ha estado rodeada de medidas mercantilistas y los comerciantes han puesto desde hace siglos muchas barreras entre la Valencia ciudad y el mar. Nunca ha sido un sitio para ir a pasear sino más bien un lugar de gran actividad tanto mercantil como incluso guerrera. Además con la copa América el puerto se ha privatizado, no se sabe si es del Ayuntamiento o del puerto autónomo. Y si no les da la gana ahí no entra nadie.

¿En que consiste la barca de los deseos?¿Que soluciones puede aportar para aquellas personas que piden cosas para los barrios de Valencia?

El único remedio es la machaconería, es decir, seguir alzando la voz con insistencia y dando aldabonazos para que las cosas no vayan hacia atrás y que no se de más pábulo a la especulación y se desatienda a los vecinos. La idea de la barca de los deseos partió de la asociación de vecinos del carmen, a la que pertenezco, y fue asumida por la coordinadora de asociaciones vecinales y sostenida por distintas plataformas que se sienten perjudicadas por la política urbanística del Ayuntamiento. Ante los yates archimillonarios que están en Valencia por la Copa América, nosotros reivindicamos los laúdes de vela latina que son las pequeñas barcas de pesca de La Albufera y vamos a recoger el palpitar de la gente con una barca de vela prestada por una asociación de Silla y remolcada por un todo terreno. Recorremos todos los barrios importantes de la ciudad y repartimos miles de papeletas donde cada persona escribe su deseo y las echan en la barca como si fuera una urna y esto será recogido en un listado con todo lo que la gente pida. En definitiva, un aldabonazo más para que los que mandan escuchen los sentimientos y los deseos de los ciudadanos de los barrios de Valencia.